Luz de sol

I
Planas como la cabeza de un tambor se estiran las nievas desgarradas,

los poderosos cielos son estacadas de luz,

las estrellas están borroneadas, el silencio crece y crece,

vasta y más vasta se aboveda la helada noche.

Aquí en mi bolsa de dormir me cubro y rezo:

“¡Silencio y noche, tengan piedad! Agáchense y asesinen”.

No he dormido por varios, varios días.

Cierro mis ojos con cansancio, eso es todo.

Aún tengo fuerza para alimentar la llama de la madera de la corriente

que centellea extrañamente sobre la pared congelada.

Aún tengo fuerza para rezar: “Dios, descansa su alma,

aquí en la espantosa sombra del Polo”
Allí en la alcoba de la cabaña yace ella,

aún las velas iluminan su cabeza y pies,

la nieve cae toda blanca, frío ceniciento, con ojos cerrados,

labios sonrientes, manos en descanso, ¡oh Dios, qué dulce!
Qué indeciblemente dulce se ve ella…

No está muerta, no está muerta aún, ella sueña, ella sueña.

II
“Luz de sol”, la llamé, y ella trajo, lo juro,

la bendición de la luz del sol a mi vida.

Yo era un vagabundo, de la estirpe que ara el surco de la vida en una línea larga y solitaria,

mi hogar es el páramo, mi fortuna eschada en una tierra salvaje de escasez, bárbara, vasta.
¿Cuándo la vi por primera vez?

Por mucho tiempo había andado a tientas por el camino de febril tristeza de mi vida.

De pronto la nube de oscuridead dejó mi cerebro,

una aterciopelada barra de luz de sol aguijoneó la habitación,

y en aquella melodiosa gloria aureolada estaba parada ella, ella parada,

toda dorada en su oro.
¡Luz de sol, oh, milagro! La tierra estará agradecida,

radiante cada hoja del pasto, cada cosa viviente.

¡Qué gran fuerza, qué elevada esperanza, qué orgullosa voluntad tenía!
Todo el mundo parecía llamarla con frenesí.

¿Qué podía ella hacer si no casarse conmigo? Sí, luego nos dirigimos al vasto e inimaginable Norte.
III
En la tierra de la rata almizclera saltan los conejos,

las aves ondeantes permanecen en su vuelo, los ríos enjoyados se arrastran como serpientes,

el sol, triste vagabundo, está afuera toda la noche,

el gran bisonte patea la arena, en la tierra de la rata almizclera, en la tierra de la rata almizclera.

En la tierra de la rata almizclera las corrientes de oscuridad

dividen las tundras ceñidas por el cielo.

¡Qué dulce es deslizarse en una esbelta canoa y soñar, y dejar que el mundo pase!

¡Levanten bellos campamentos en las riberas verdecidas!

En la tierra de la rata almizclera, en la tierra de la rata almizclera.

IV
Y así soñamos y navegamos, ella y yo, ¡y cómo ella amaba aquella vida libre, insondable!
Allí en la flor de durazno del cielo de medianoche el silencio nos había soldado, verdadero hombre y esposa.

Entonces invenciblemente presionamos hacia el Norte y el Norte más allá del Círculo,

a la cresta blanca del mundo.

Y nos quedamos en los desechos árticos flagelados por el viento,

vivimos como perros esquimales junto al mar Polar.

Ellos tenían piel de zorro blanco, marta, visón para comerciar,

y nosotros teníamos comida, panceta, harina y té.

Entonces nos acomodamos junto a toda la banda:

de pronto el Invierno se abalanzó sobre la tierra de los perros esquimales.
V
¿Qué era aquel mal tan siniestro y espantoso, mordiendo a la tribu con enfermedad hasta el hueso?
Entonces nos despertamos una mañana para descubrir que habían huido,

entonces nos paramos y contemplamos, solos, solos.

Valientemente ella sonrió y me miró a los ojos,

nos reímos de su problemático, severo, premonitorio dolor,

alegremente ella se burló de la amenaza de los cielos,

volvió a nuestra animada cabaña una vez más, diciendo:

“Pronto terminará la más querida, larga, larga noche: luego, ¡oh, el sol, el sol!”

VI
Dios hizo un corazón de oro, de oro, brillante, dulce y verdadero,

le dio un hogar de la moldura más bonita, lo bendijo y lo llamó Tú.
Dios le dio a la rosa su gracia brillante, y a la alondra su alegría radiante,

pero mejor que todo, lo sé, sé que Dios te dio, Corazón, a mí.

VII
Ella era toda luz de sol en aquellos días dudosos,

nuestra cabaña embalizada con luz desafiante,

platicamos junto a la amistosa llama de la fogata,

cada vez más cerca se acurrucaba la noche de brujas.

El aullido de un lobo hubiese sido un sonido bienvenido,

y allí no había otra cosa que aquella tierra afligida,

aún con tanto silencio, oscuridad y muerte alrededor,

aprendimos a amar como pocos pueden comprender.

nos fusionamos espíritu con espíritu, y alma con alma, allí en la hosca sombra del Polo.
VIII
¿Qué fue aquel horror acechante de la noche?
Ella era valiente, optimista, llena de soleada animación.

¿Por qué era su rostro tan pequeño, tan extrañamente blanco?
Entonces me separé de ella, enfermo de temor el corazón,

busqué en mi agonía las nieves descastadas,

recé en mi dolor a aquel cielo insensato,

me arrastré, sollocé y maldije, y luego me levanté:

“¡Luz de sol! ¡Oh, corazón de oro, a morir, a morir!”

IX
Ella murió el día de Navidad, es tan triste que alguien que amaste muera en una Navidad.

Con la cabeza inclinada me arrodillé junto a ella, ¡oh Dios!,

no tenía lágrimas para derramar, ningún lamento, ninguna oración que rezar.

La oí suspirar: “Llámame, ¿lo harás, querido?
Dicen que la Muerte parte, pero yo no me iré.

Estaré contigo en la cabaña aquí, ¡oh, le rogaré a Dios que me deje permanecer!

Permanecer hasta que se haya ido la Noche, la Primavera está cerca,

hasta que venga la luz del sol… sé valiente… Estoy cansada… Adiós…”
X
Por semanas, por meses no he visto el sol,

las amenazantes mañanas son pálidas como la lepra,

los días traidores se hacen enfermos uno por uno,

¡qué semejante a un sueño es la vida, cuán vana, cuán liviana!

Yo también soy débil, aquella enfermedad de vampiros cayó sobre mí,

soy frío y frágil, me congelo abrazando con miedo un pequeño fuego:

la cabaña debe estar fría, y así intento soportar la helada,

la escarcha que combate la decadencia, la escarcha que siempre conserva su belleza.
XI
Ella yace en una bóveda helada, resplandece como una cueva de sal.

Toda mármol-puro y dulce-ángel, con velas a su cabeza y pies,

yace bajo una túnica de armiño. Beso sus manos y sus ojos:

“Regresa, regresa, oh, Amor, te ruego en esta casa, ¡esta casa de arcilla!
Responde mis besos suaves y cálidos, anida de nuevo en mis brazos.

¡Ven! Porque sé que estás cerca, abre tus ojos y mira, mi querida.

Sólo por un momento rompe la malla, regresa del salto del espíritu a la carne.

Cansado espero, la noche es negra, amor de mi vida, ¡regresa, regresa!”

XII
Anoche quizás estaba un poco loco, porque mientras rezaba desesperadamente a su lado,

tuve una extraña, antigua visión: ¡Sí!, parecía que sus ojos se habían abierto amplios.
¡Seguramente debí soñarlo! Miré una vez más…

No, era el truco de una vela, el engaño de una sombra.

Ahí estaban sus pestañas cerradas como antes.

(¡Oh, pero me llenó de una alegría tan grande!)
No, era un fenómeno, una fantasía del cerebro

(¡Oh, pero esta noche intentaré nuevamente, nuevamente!)

XIII
No era un sueño, ahora sé que el Amor saltó desde las batallas estelares de la Muerte,

porque en mi vigilia mientras me inclinaba hacia abajo llamando su nombre con ansiedad,

el aliento ardiente, de pronto se produjo un cambio:

nuevamente vi el brillo de aquel rubor rosa en sus mejillas,

ríos de frenesí se estremecían con el soleado deshielo,

hendidos estaban sus labios de coral como si fuera a hablar,

curvados estaban sus tiernos brazos como si fueran a aferrarse,

abiertos sus ojos de un azul luminoso como la flor,

mirándome con un amor tan lastimoso que podía imaginar que el Cielo brillaba a través de ella.

“Luz de sol” –vacilé, “¡quédate conmigo, oh, quédate!”
Pero antes de que terminara, en un vuelo del momento,

ella yacía allí en su pureza angelical…

¡Ah!, pero sabía que ella volvería nuevamente esta noche.

Aún tan radiante como la espada salta de la vaina el alma salta del cuerpo,

lo llamamos Muerte.

XIV
Aún mientras escribo esta línea sé que ella está cerca,

estoy feliz, cada noche ella viene a saludar y animarme,

besándola, la sostengo rápido, la ganaré para la vida al fin.
¿Soñé aquel ayer cómo se desvanecía el suave brillo de la pálida piedra lunar en la cresta de la montaña, dejando menos abandonada a la nieve?, ¿podría ser el sol?

¡Oh, cómo me complacería ver el sol nuevamente!
¡Oh, para ver un amanecer de coral contento con el brillo del azafrán!
El día es un espectro oscuro y pálido, bailando sobre la nieve furtiva,

la noche es una nube sobre mi cerebro, ¡oh, para ver el sol nuevamente!

Tú, que nos descubres en este lugar, tienes lástima en tu pecho,

deja que en nuestro último abrazo, descansemos bajo una tierra santificada por el sol.

La noche es una garra sobre mi cerebro: ¡Oh, para ver el sol nuevamente!

XV
¡El Sol, al fin el Sol! Escribo estas líneas,

aquí arrodillado, con mano débil, torpe.

¡Míren!, en aquella grieta de la montaña brilla un resplandor,

brillo de una prímula, la veo estremecerse, expandirse, brillar gloriosa.

¡Alabado sea Dios!, viene hacia la cabaña en un torrente dorado.

¡Miren!, allí está ella parada, el ángel de mis sueños,

toda radiante en el brillo aureolado, la vi primero desde mi lecho de doliente,

primero como la amé cuando pasó la oscuridad.

Ahora sé que la Vida no es en vano, ¡ahora sé que Dios provee, al fin, al fin!
La luz sobrevive a la oscuridad, la alegría a la tristeza, y el Amor es lo máximo:

¡Corazón de mi corazón!, ¡Luz de sol! Ahí voy… Ahí voy…

 

traducción: Hugo Müller

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