La balada de la cabra de Casey

Oyeron de “Casey en el bateo” y “La mesa de adoración de Casey”,

pero ahora es tiempo de escribir una rima de la “cabra de Casey”.
Pat Casey tenía una cabra a la que le puso de nombre Shamus,
porque era (decían los vecinos) una desgracia nacional.
Y seguro lo suficiente de que aquel animal era eminentemente famoso

por masticar cada prenda de lavandería alrededor del lugar.

Desde remeras a polleras, prodigiosamente probaba sus poderes de masticación,

la cuestión de la digestión parecía no importar en absoluto,

pero estarán de acuerdo, pienso, que se alcanzó el límite de sus fechorías

el día que se tragó el viejo chal rojo de la señorita Rooney.
Ahora, la señorita Annie Rooney era una mujer rubia y atractiva,

y varios muchachos rebotaron al buscar cambiarle el nombre,

y viviendo justo en la mitad del camino seguramente sólo un hombre

solitario como Casey podría correr la misma suerte.

Así cada domingo, afeitado y abrillantado, hacía la bonita ocasión

para llamar a la dama, y ella lo tomaría a él y su cabra,

y tomando té parecía que ella podría inclinarse a su persuasión,

¡pero compañeros!, no contaba con aquella cabra devastadora.
Porque Shamus amaba a su señor con profunda y tonta devoción,

y a todos los lugares donde Casey iba aquella cabra deseaba ir,

y aunque no puedo analizar la emoción de un cuadrúpedo,

dicen que la bestia era celosa y debo reconocer que era así.

Porque cada vez que Casey iba a llamar a la señorita Rooney

junto a la puerta la cabra esperaba con intensa tristeza

hasta que un día ocurrió que rápidamente se estaban volviendo tontos,

cuando Shamus espió el viejo chal rojo revoloteando en la cerca.

Ahora la señorita Rooney amaba a aquel chal más allá de toda rima o razón,

y quizás era una reliquia de familia o un souvenir querido

al juzgar el modo en que lo usaba temporada tras temporada,

debía ser tan preciado como un producto de Cashmere.
Entonces Shamus caminó hacia la prenda, y sin duda el color le agradaba,

porque ella le pegó un tortazo y lo olfateó, como lo haría cualquier cabra,

luego su melancolía se desvaneció mientras la cogió una sensación de hambre

y meneó su cola con frenesí cuando comenzó a masticarlo.

“¡Por Dios, eres de primera!” dijo el chocho señor Casey

a la ruborizada viuda Rooney mientras departían en la puerta.

“Con su ternura y contacto seguro dejará mi corazón en llamas,

y me espanta el día en que jamás vuelva a ver a mi Annie”.

“Sigue ahora con tu labia” dijo la viuda suspirando suavemente,

y fue a tirarle de los bigotes cuando el espanto hirió su pecho…

¡Su viejo chal rojo! Se perdió de donde lo había dejado bravamente secando,

luego vio que estaba desapareciendo por el cuello de la cabra de Casey.

Ferozmente flameó su temperamento irlandés, ella dice “¡Mira!

¡Aquella cabra diabólica! Seguro cenó mi chal. Bueno, espero sea de su gusto,

pero perdóneme, señor Casey, me parece incivil porque nunca

me casaría con un hombre que tenga una bestia tan bastarda”.
Entonces ella golpeó la puerta y lo dejó en estado de consternación,

y no podía entenderlo hasta que vio aquella sonriente cabra:

luego con elocuencia la maldijo y su fulminación final

fue un poema de profanidad imposible de citar.
Así la cabra arruinadora de enaguas, sintiéndose completamente pecadora,

desesperadamente vagó por la licorería de Shinnigan

y derecho procedió a absorber un poderoso odre

de la variedad más mortal del potín de Shinnigan.

Y cuando comenzó el camino a casa era temprano a la mañana,

pero Shamus lo siguió fielmente, una yarda detrás de él,

entonces Casey se patinó y tambaleó, y sin la menor advertencia

como un pedazo de plomo se cayó en las vías del tren.
Y allí está, serenamente, y desafió los poderes para moverlo,

reposando como un bebé, con su cabeza sobre la vía,

pero Shamus parecía infeliz, y de un momento a otro lo hubiese empujado,

aunque sus intentos de protesta no tuvieron el menor provecho.

Entonces para aquella mente cabruna, quizás, un sentido de desastre caído

se aproximó robando como un espectro en el oscuro y espantoso amanecer,

porque su rumor de advertencia se mezcló con el ronquido de su señor en un coro de calamidad,

pero Casey continuó durmiendo.
Aún oh, aquella cabra estaba en problemas, porque redobló sus esfuerzos,

ahora ella tiró del bigote de Casey, ahora ella mordisqueó su oreja,

ahora ella lo sacudió por la espalda y con temor se puso más arrogante,

bramó como un cuerno de niebla pero el dormilón no la escuchó.

Luego a los costado de las vías correteó por asistencia,

aunque ansiosamente se apuró y buscó con esfuerzo y estirándose
para arrastrar a su señor fuera de las vías cuando de súbito, en la distancia,

escuchó el rugido y el redoble del rápido tren acercándose.
¿Shamus se desmayó y claudicó? No, se mantuvo parada rígida y espléndida.

Es verdad, su barriguita estaba distendida pero le dio a sus cuernos un empujón.

Con ellos su honor de cabra podría ser defendido gallardamente,

y si su valor flaqueaba perecería con su jefe, tan intrépidamente bajó su cabeza,

y siempre más claro, más claro, oyó el trueno y la palpitación del Continental Mail.
Enfrentaría al poderoso monstruo. Estaba llegando más cerca, más cerca,

lo combatiría, lo golpearía pero ella jamás mostró su cola.

¿Pueden ver aquella hirsuta heroína, parada allí en trágica gloria?
¿Pueden escuchar a los guardias del Pullman gritando su horror al cielo?
No, no pueden porque mi historia no tiene un final tan sombrío y sangriento,

porque Shamus no pereció y su amo no murió.

En este mismo momento Casey alardea salud y robustez,
y Shamus pasea junto a él con una brillante campana en su garganta,

mientras recién la señorita Rooney es la más divertida de la fiesta,
porque ahora ella es la señorita Casey y está loca por aquella cabra.
Se preguntarán qué pasó. Bueno, ustedes saben que la verdad es más extraña

que la marca más salvaje de ficción, entonces les digo sin vergüenza…
Allí estaban Shamus y su amo en la cara de un espantoso peligro,

y la locomotora gigante abalanzándose en humo y llamas…

¿Qué poder en la tierra pudo salvarlos? Aún una inspiración dorada

a los dioses y cabras como ella pudo venir,

así en aquel bruto cerebro nació un pensamiento,

el viejo chal rojo… Entonces, encabritándose con euforia,

así la iluminada Shamus lo lanzó y flameó y detuvo el tren.

 

traducción: Hugo Müller

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