El piel roja

La vaca-alce viene al agua, y el descaro del castor,

la red está en el remolino de la corriente,

las estrellas rebotan en el césped vívido con rosa, rojo y dorado,

y en la penumbra de terciopelo resplandece el fuego.
La noche está madura con silencio, rica con incienso de pino,

desde el lago santuario escucho el somorgujo,

los picos están brillantes contra el azul, y empapados con vino del atardecer,

y la luna es como una burbuja de plata.
Apenas ayer escalé alto como las nubes,

fui para ver a cientos de millas alrededor algún fuego rival brillando.

Como en un lente de cristal se despliega una tierra sin una estribación,

toda una vastedad virgen, de ensueño y encanto.

Me remonté exultante al cielo grandioso, la gran tierra desnudaba su pecho,

toda venosa de ríos y estampada con pinos,

las hordas distraídas de caribús estaban yendo con la corriente hacia el oeste,

una tierra de lustroso misterio, y mía.
Sí, mía para enmarcar mi odisea: Oh, ¡qué poco saben de mi conquista y el reino que conservo!
Las praderas del buey almizclero, donde crecen los pastos sonrientes,

los ríos donde retozan los conejos descuidados.

Más allá del Círculo silencioso, donde los hombres blancos son escasos y fieros,

yo me enseñoreé, y me burlé de la ley del hombre,

como una llama sobre el agua es mi pequeña y ligera canoa,

y más allá en el brillo de la fogata está mi piel roja.

¡Un piel roja! Sí, eso es lo que soy, despreciénme si quieren.

He andado al paso intenso que no puede durar, con obscenidad, juego y alcohol,

he bebido lo suficiente para matar una docena como ustedes, pero eso es el pasado.

He oscilado hacia mis sentidos, encontré el lugar al cual pertenezco,

la ciudad hizo un loco de mí, pero aquí, más allá del Círculo,

donde no existe ni el bien ni el mal, salto del estrecho corsé de la vida, y soy libre.

Aún por siempre abandonado en la lejanía, por caminos de deseo solitario,

aún por siempre en la blanca mirada de odio del amanecer,
aún por siempre junto a la matanza que cae, al lado del fuego soñoliento,

ahí viene la feroz hambre de corazón por una compañera.

Ahí viene el loco clamor de sangre por la mano untuosa de una mujer,

ojos húmedos de amor, el terciopelo de un pecho,

y así busqué el sombrero de plumas, y elegí de la tribu la muchacha que pensé la más dulce y mejor.
¡Oh, las mujeres anhelantes que amé antes de mi oscura desgracia!
¡Oh, mujeres raras y bonitas en mi tierra natal!
Queridas damas, si las viera ahora giraría mi rostro,

¡luego me arrastraría para besar sus huellas en la arena!
Y todavía –aquel día en que el rifle se atascó–, un alce herido en la bahía,

un rugido, una carga… lo enfrenté con mi cuchillo:

un disparo desde el matorral de sauces, y allí yace el monstruo…

Sí, pequeños Ojos sonrientes, salvaste mi vida.

El hombre debe tener a la mujer, y somos todos más o menos brutos,

desde que el mono primero iluminó el árbol familiar,

y aún pienso que la amo con la ternura de un marido,

y aún sé que ella moriría por mí.

Oh, si te dejo, Ojos sonrientes, y nunca más regreso,

¡Dios te ayude, muchacha! Sé lo que harías…

Veo el pálido lago en la luna, y desde la sombra negra navega una pequeña, vacía canoa de abedul.
Estamos aquí más allá del Círculo, donde no hay ni bien ni mal,

no nos ajustamos de acuerdo a la ley,

pero por los dioses te saludo en esta santa y silenciosa noche

como la madre de mis hijos, y mi piel roja.
Veo tu pequeño y esbelto rostro a la luz de la hoguera,

ruego porque jamás lo ponga triste, te oigo cantar bajo una canción de cuna,

todos dormidos suavemente
¡Dios te bendiga, pequeña Ojos sonrientes! Estoy contento.

 

traducción: Hugo Müller

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