La balada del tuerto Mike

Esta es la historia que me contó el hombre con el ojo de cristal,

mientras fumaba mi pipa a la luz de la fogata, y las glorias barrían el cielo,

mientras las luces del norte brillaban, curvadas y fluidas, y la botella de alcohol estaba seca.

 

“Una vez un hombre me apuntó que mi vida sería avergonzada, y me provocó un mal mortal, juré que un día sería bien desquitado, el peso de este odio era fuerte.

Me dio una cachetada de un lado y una cachetada del otro, me acosó por atrás y por delante,

hasta que huí de su malevolencia sin par al pelado y sombrío norte.
Y allí estaba y varios días tramaba plan tras plan,
por una redada dorada para aplastar y matar a mi hombre,

y allí me esforcé, y allí pasé a través de la corriente de ríos congelados,

y allí peleé, y allí busqué la racha de pago de mis sueños.

Así veinte años, con sus esperanzas, temores, sonrisas y lágrimas,

y así pasé y dejé mi larga esperanza de alcanzar el toque de Midas,

casi tan gordo como una rata de entrecoro, y ¡sí!, a pesar de mi voluntad,

en la agotadora lucha había perido la limpia visión del hombre que buscaba asesinar.

Fue tan lejos, aquel diabólico día cuando oré al príncipe de la oscuridad,

por la fuerza salvaje y la taciturna extensión de la vida para trabajar su condena.

No había visto o escuchado ni una señal ni una palabra, y pasó hace tanto tiempo,

mi juventud se ha ido y mi memoria se desvanece, y lo quería aún tanto.

Cayó una noche en la pálida luz junto al aceitoso fluir del Yukón,

estaba sentado y fumaba mientras me maravillaba con el brillo de oporto del cielo,

hasta que palideció a un gris absenta, y el río parecía encogerse,
todas las hojuelas tambaleantes y serpientes retorciéndose y el duende guiñando los ojos.
Era extraño verlo y me hechizó en un sueño fantástico, hipnótico,

hasta que vi como una mancha de tinta flotando en la corriente,

se balanceaba y agitaba, se colgaba y viraba, hacía remolinos en un anillo,

parecía jugar de un modo engañoso, seguro era una cosa feliz.

En vuelos extravagantes extrañas luces aceitosas revoloteaban alrededor de su cabeza
como mariposas de tamaño monstruoso, entonces lo conocía por los muertos.

Su rostro estaba frotado, pulido y fregado tan suave como una mollera afeitada,

en las serpientes plateadas que hace el agua brillaba como un plato de cena,

gorgoteaba cerca, y cada vez más nítido y grande, fue creiendo,

se paró derecho en un anillo de luz y me atravesaba con su mirada.

Se revolcó alrededor con un sonido confuso, y antes de que pudiera retirarme,

con el ingenioso rodeo de un alma empapada jugueteó a mis pies.

Y aquí, lo juro por esta cruz que llevo, escuché a aquel “flotador” decir:

Soy el hombre de quien escapas, el hombre que buscabas asesinar.

Que debes notar, contemplar y relamerte, y decir ‘la revancha es dulce’,
en la arena y la mugre del limo del río me estoy pudriendo a tus pies.

El mal que hacemos debemos deshacerlo, aún cuando nos destroce hueso por hueso,

así fue que te busqué afuera, porque rogué que debía ponerme a tono.

Te hice mal, y por mucho tiempo busqué dónde podías vivir,

y ahora que te encontré, aunque esté muerto y hundido, imploro tu perdón”.

Tan triste parecía, y sus mejillas brillaban y sus dedos chasqueaban la orilla,

y estaba chapaleado y tendido de una manera cansadora,

y sus manos se encontraban para implorar, que gentilmente dije:

Pobre, muerto andariego, jamás trabajaría tu dolor, porque el mal que has provocado jamás podrás deshacerlo, te he perdonado hace mucho tiempo”.
Entonces, maravillado de sabiduría, me rasgué los ojos y me levanté de un horrible sueño.

La luna cabalgaba alto en el cielo desnudo, y algo se balanceaba en la corriente.

Sostuvo mi visión en una mancha de luz, y luego cayó a pico de la orilla,

se empapó y hundió en un banco hueco, y nunca lo volví a ver.

Esta es la historia que él me contó, aquel hombre tan gris y deforme,

cerca de aquí durmió y soñó, y la fogata brilla en sus ojos de un modo lobuno,

el ojo de cristal que rastrillaba el cielo en el extraño rayo auroral.

 

traducción: Hugo Müller

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