En San Sebastián

La condesa se tumbó junto al mar, tan desnuda como podía estar una mujer,

de hecho sus únicas ropas eran una cuerda “G” y un brassière,

su sirviente estaba sorprendido y miraba y miraba a su señora

desde el ondulante pecho inflado al ombligo como una rosa concha de mar.
La condesa tiene sesenta vestidos, ella se los prueba y los deja en el suelo,

ella cambia de túnica diez veces al día, su doncella las separa.

“¡Qué divertido!” piensa la esposa del sirviente,
“he trabajado y trabajado toda mi vida y sólo tengo, para ocultar mi piel,

este viejo andrajo bajo el cual estoy parada”.
La condesa jamás trabajó, ella rogaba por monedas cuando era pequeña,

y más tarde, a la antigua usanza, en divertidos balnearios vendía pasión.

Pero ahora arribó al noble rango (Tom la casó con el viejo conde que ella eligió),

su joven amante, ganduleando allí, es hirsuto como un osito.
La condesa será honrada cuando muera pasados los setenta años.

La mujer del ayudante se desgastará con trabajo por cincuenta años…

Aún cuando ellas se miran mutuamente la condesa piensa:

“Así era mi madre, y esposa de sirviente para vivir y morir,

pero por la gracia de Dios así debería ser yo”.

 

traducción: Hugo Müller

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