Maletero de pullman

El maletero en el coche pullman era encantador, como a veces lo son.

Sondeó las etiquetas de mi equipaje: “¿Es usted el hombre que escribió de Lady Lou?”
Cuando dije “sí” hizo un escándalo, oh, él era el más asiduo,

y me complacía pensar que él disfrutaba mi marca de poesía.
Estaba siempre a mi disposición, así cuando llegamos a Montreal y me cepilló ligeramente, dije:

Me complace que haya leído mis poemas.

Me siento bastante halagado, lo confieso, y si me da su dirección

le enviaré (autografiado, por supuesto) uno de mis pequeños libros de versos”.
El sonrió, sus dientes eran blancos como la leche,

él habló, su voz era suave como la seda.

Reconocí, a pesar de su piel, el perfecto caballero por dentro.

Luego cortésmente replicó: “Le agradezco amablemente, señor,

pero con muchos otros tomos queridos tenga todos sus libros de versos en casa.
Cuando yo era un muchacho, solía saborearlos con alegría,

y ahora mi hija, de tres años, puede contar la historia de Sam McGee
mientras Tom, mi hijo, que tiene sólo dos, ha escuchado el cuento de Dan McGrew…

No crea que no aplaudo su material, mi gusto es Eliot y Auden”.
Entonces nos dijimos gravemente adiós, me sentí bastante desairado,

e igual se sentirían ustedes, y aún nos estrechamos las manos,

impresionado de que él pudiera comprender los trabajos de los dos que menciono,

que están más allá de mi entendimiento,

un humilde bardo de muchachos y cantineros, ¡desdeñado, compañeros!,

por los empleados del pullman.

 

traducción: Hugo Müller

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