Los bebedores de absenta

El está allí, en la terraza del Café de la Paix,

el pequeño y marchito hombre español, lo veo cada día.

Está sentado con su pernod en su silla habitual,

contemplando a los transeúntes con su mirada habitual.

Nunca quita sus penetrantes ojos de la multitud en movimiento,

esa corriente cosmopolita serpenteando en la calle:

oscuros diplomáticos de Martinica, pálidos rastas de Perú,

un inglés de Bloomsbury, un yanqui de Kalamazoo, un poeta de las alturas de Montmartre,

un apuesto y pequeño japonés, ciudadanos exóticos de todos los países del mapa,

una horda de turistas de cada tierra que hay bajo el sol,

aquel pequeño y marchito español jamás se pierde uno.
Oh, sucio o limpio siempre está allí, y compra muchos tragos,

y hay un fuego de rojo deseo dentro de sus ojos huecos.

Y bebiendo de mi pernod, y sabiendo lo que sé,

a veces deseo gritar fuerte y acabar con el show.

He perdido mis nervios, me está acechando, es como una bestia de presa,

aquel hombre español que está observando en el Café de la Paix.
¡Digo! Escuchen y les diré todo… el día oscureció,

y yo estaba con mi pernod en la mesa próxima a él,

y él estaba sentado discretamente como si estuviera dormido,

cuando de pronto pareció tensarse, como el tigre para un salto.

Y entonces él se balanceó a mi alrededor, su mano fue a su cadera
mi corazón latía como un gong, mi brazo estaba en su empuñadura,

sus ojos se clavaron en los míos, sí, aunque me encogí de miedo

su fétido aliento estaba en mi rostro, su voz estaba en mi oído:
Perdone mi brusquedad” -susurró, “pero señor, ¿supone que aquel

hombre corpulento que nos pasó tiene un quiste en la nariz?”
Y entonces al fin caí en la cuenta, el tipo debía estar loco,

y cuando suavemente repliqué: “No creo que tuviera

el pequeño marchito hombre español se hundió en su silla,

y envuelto en su manto negro reanudó su mirada de búho.

Pero cuando intenté deslizarme él giró y me miró, y oh,

su rostro de pescado era siniestro de ver:
Perdone si lo asusté, por supuesto pensará que soy extraño,

sin duda se pregunta quién soy, tan solitario aquí, se pregunta

por qué contemplo en forma penetrante a los transeúntes…

Bueno, escuche, mi amigo vivaz, le contaré mi historia.

Ocurrió hace veinte años, y en otra tierra: una dama joven y hermosa,

dos pretendientes de su mano.

Mi rival fue el afortunado, yo juré que me resarciría,

la revancha ha madurado en mi corazón, hoy está podrida de madurez.

Mi feliz rival me esquivó, huyó sin dejar rastro, y así estoy esperando,

esperando aquí para encontrarlo cara a cara,

¿porque no se ha dicho alguna vez que un día todo el mundo

pasará en peregrinaje ante el Café de la Paix?
Pero señor” –lo reconvine, “si pasó hace veinte años

apenas podrá reconocerlo ahora, debe haber cambiado tanto”.
El pequeño y marchito hombre español soltó una risa espantosa,

y de su saco rápidamente extrajo una fotografía borroneada.

Tiene razón“, dijo él, “pero hay rasgos (oh, esto lo debe permitir).
Eso nunca cambia, López era gordo, debe ser más gordo ahora.

Su panza es senatorial, no puede ver la punta de sus pies, esoy seguro de eso,

y entonces, ¡mire!, aquel quiste en su nariz.

Estoy buscando a un hombre como éste. Esperaré hasta que…
“¿Qué hará?“, grité agudamente, él respondió: “¡Qué haré, matarlo!

Me robó mi felicidad, no, extranjero, no empiece,

firme y amablemente pondré una bala en su corazón”.
Y entonces aquel pequeño hombre español, con un gran cigarro encendido,

se levantó y sacudió mi mano trémula y se desvaneció en la noche.
Y me fui a casa y pensé en él y tuve un sueño espantoso,

de hombres corpulentos con quistes, y me desperté con un grito.

Y estaba seguro, a la mañana siguiente, mientras rondaba el Boulevard,

un hombre corpulento con una nariz verrugosa vagó en mi mirada,

entonces corrí hacia él como un relámpago y lo agarré por el brazo:

Oh, señor”, dije, “no deseo ver que le hagan daño,

pero si valora algo su vida le ruego e imploro,

no pase delante de la terraza del Café de la Paix”.
Aquel hombre corpulento me miró con un aire tan asustado,

luego se retiró como un conejo por la rue Michaudière.
¡Ja, ja! He salvado una vida” pensé, y me reí en mi alivio,

y derecho fui a reunirme con el hombre español sobre su aperitivo.

Y así cada día hurté el cuerpo y mantuve la guardia más estricta

por hombres corpulentos con un quiste en el Boulevard.
Y entonces saludaba a mi compañero español, y sentados al sol

pedíamos varios pernods y los bebíamos todos.
Y severamente él miraba y miraba hasta que sacudía mi mano,

y sombríamente se quedaba mirando hasta que mi corazón temblaba.

Y yo le decía: “Alfonso, compañero, debo protestar,

¿por qué mantener viva por veinte años la hoguera de tu odio?
Quizás su vida de casado fue un infierno, y tú, al fin, eres libre…

Ahí te equivocas” me regañó, “el loco que ella eligió fui yo.

Mi rival se escabulló, tiró la esponja, el patán se traicionó:

fue él el que obtuvo la felicidad, yo sólo obtuve a la chica”.

Con aquello se veía tan diabólico que me hizo encoger y arrastrarme,

y no había otra cosa que hacer excepto comprar otra bebida.

Ahora allí como una mancha de tinta se sienta en el camino,

en la sonriente terraza del Café de la Paix, aquel pequeño y marchito hombre español,

su rostro está fantasmalmente blanco, sus ojos están contemplando,

contemplando como un tigre en la noche.
Sé que en su malvado corazón son alentados fuegos de odio,

sé que su automática está lista esperando por su mano.
Sé que una tragedia está cerca. Me da miedo, no tengo paz…

Oh, ¿no creen que debería ir y llamar a la policía?
Miren allí… se está levantando… ¡mi Dios!
Saltó de su lugar… Aquel millonario de Argentina… los dos cara a cara…

¡Un disparo!, ¡un grito!, ¡una caída pesada!, ¡un amontonamiento!

Oh, vean al pequeño y marchito hombre español bailando de alegría…

Estoy mal… me desmayo… me vuelvo loco…

Oh, por favor sáquenme de aquí… Hay sangre sobre la terraza del Café de la Paix…
traducción: Hugo Müller

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *