El tísico

Jack se reiría y bromearía todo el día, nunca vi a un tipo tan divertido,

cantando como una alondra, aquel muchacho estaba cargado hasta la marca de Plimsoll con el brillo de Dios, tenía estrangulada por el mango a la alegría.

Sostenía su cabeza en el aire, no dejaba tarjetas de llamado sin cuidar,

alegre, optimista, valiente, sincero, te transmitía su brillo,

el más animado cuando las nubes eran negras, el alegre Jack, ¡oh, el alegre Jack!
Sentado solo en mi cabaña podía escucharlo cantando en la noche,

hasta que sólo no parecía justo que un hombre acorrale la diversión,
viviendo su vida tan al sol, no parecía natural que no tuviera ni un gruñido,

ni un problema, ni una carencia, el alegre Jack, ¡oh, el alegre Jack!
Tuvo una plomada de buena alegría hasta que se topó con aquel año malo,
que lo dejó tan delgado, tan pequeño que podías ver la luz del día a través de él.
Nunca había estado su ojo tan brillante, nunca había estado su mejilla tan pálida.

Parecía que algo iba mal, una especie de temblor en su canción.

La misma vieja sonrisa, la misma vigorosa voz:

“¡Los bendigo, muchachos, regocijémosnos!”

Pero el viejo doctor sacudía su cabeza: “La mitad de un pulmón” fue todo lo que dijo.
Pero aquella mitad seguramente estaba bien

porque lo escuchaba cantando, cantando cada noche en su cabaña,

el alegre Jack, ¡oh, el alegre Jack!
Entonces un día llegó una carta que concluía con un nombre de mujer,

pareció que le había dado en el cuello una especie de efecto de conductor de pilas,

palidecieron sus labios y le arrancó el aliento,

dejándolo con una mirada apagada como la muerte.

Algo iba terriblemente mal, pero aún aquella noche cantó su canción.
¡Oh, qué bueno era escucharlo!, pero allí un miedo agarró mi corazón,

entonces me estremecía escuchándolo cada noche cantar.

Pero cada día él se reía conmigo, y su sonrisa estaba llena de alegría.

Nada parecía hacerlo recular, el alegre Jack, ¡oh, el alegre Jack!

Entonces una noche el canto cesó…

Parecía que mi corazón se había desplomado,

porque había aprendido a amar aquel muchacho con su alegría desbordante,

con su glorioso don luminoso, con su espléndido material de pelea.

Canta, muchacho, ¡y juega el juego!

¡Oh, Dios querido…! No llegó el canto,
pero en cambio surgió en mi el silencio, un profundo y espantoso silencio

hasta que estremecido, intenté orar, dije: “Tal vez se ha ido”.

Oh, sí, se ha ido, un día se ha ido para siempre.
Pero había dejado detrás, en su cabaña, ojeroso y desnudo,

su pobre cuerpo, piel y huesos, su afilado rostro, frío como una piedra.

Y sus dedos rígidos apretando algo brillante sobre su pecho:

un relicario con un rizo de seda, el dulce retrato de una pobre muchacha.

Aún recordé cuán desafiante pasó al fin,

porque se había aposentado en sus labios una sonrisa que ni la muerte podía eclipsar,

y en sus ojos vivía todavía la alegría que la muerte no podía matar.
Y ahora cuando las noches son largas, ¡cómo extraño su alegre canción!

¡cómo suspiro y deseo que regrese!, el alegre Jack, ¡oh, el alegre Jack!

 

traducción: Hugo Müller

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