El sapo fumador

Vi tres hombres junto a la barra mirando por encima de sus botellas,

un sapo que fumaba un cigarro de rango  los había atascado en sus gaznates.

Un sapo pashá debía ser tan grande e hinchado,

y de sus labios la nicotina salía flotando graciosamente enguirnaldada.

Y mientras el trío bromeaba y fisgoneaba como si lo disfrutaran,

impasible fumaba y fumaba (ahora bien podrían haberlo evitado).

Los anillos de fuego que lanzaban sus labios se acercaban, y parecían involuntarios,
no podía escupir como tú y yo, que aprendimos el arte de escupir.
No pestañeaba, no se encogía mientras sereno se sentaba sus ojos estaban claros,

no temía el destino que los dioses le habían asignado.
Se aposentó allí con calma sublime, en medio de su cruel escarnio,

grave como un dios, y todo el tiempo sabía que se estaba muriendo.
Y entonces de algún modo me pareció que aquellos hombres que expectoraban

eran infinitamente inferiores a él, la cosa tonta que estaban hostigando.
Parecía decir, a pesar de sus bromas: “Esta es mi hora de gloria.

No todos los sapos fuman: mi nombre vivirá en la historia”.
Delante de su nariz el humo se elevó, la llama se aproximó más y más,

y luego ví sus ojos brillantes cerrarse junto a aquel anillo de fuego.
Lo giraron sobre su espalda verrugosa, desde su vientre hinchado,

sus piernas se sacudieron, luego se aflojaron, temblaba como una gelatina.
Y entonces los tipos se fueron, contentos con su broma,

pero aún cuando yaciera muerto el sapo continuó fumando.
Yo pensé que la vida es como un cigarro prendido,

la fumamos duro, entonces luego de que la muerte lleva nuestro vientre al cielo:

los dioses tendrán su risa.

 

traducción: Hugo Müller

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