Mi biblioteca

Como primer profesor de una escuela prioricé en mis estantes libros de conocimiento,

y ahora me paro ante ellos tonto, así como un niño que se chupa el dedo,

y contemplo abandonado y me doy vuelta con muñecas o ladrillos pintados para jugar.
Ellos me miran, mis tomos de aprendizaje.

“¡Tú, imbécil!” se burlan, “tú, indiscutible estúpido bobalicón,

haces un escándalo con tu facha de intelectual seleccionándonos,

diciendo: “los leeré a todos algún día, y ahora bostezas y te das vuelta.

Despreciados esperamos con nuestra tienda de hechos y ciencia filosófica,

la academia de todas las edades acomodada en nuestras páginas sin cortar,

el misterio de toda la humanidad en parte revelado, pero tú eres ciego.
No tienes tiempo para leer, nos dices, oh, no pienses que estamos celosos

de toda la basura que gana tu favor, la ficción endeble que saboreas:

sólo rogamos que alguna vez pases con nosotros una hora o dos.
Porque todas las mentes que nos hicieron son polvo

si tipos como tú nos abandonan, y sólo pueden vivir nuevamente

por virtud de tu encendido cerebro, en imprenta mágica empacaron lo mejor de ellos:

Ven, prueba digerir su sabiduría…”
Yo dije: “¡Compañeros! No soy capaz, dejo mis cartas sobre la mesa,

y con profunda vergüenza y culpa admito que soy demasiado viejo ahora para leerlos,

así que los encerraré en cajas de vidrio y huiré de vuestros tristes y acusadores rostros”.
* * * * * * * * *
Mi biblioteca está noblemente planificada, aún así me paro en ella desolado,

y aunque aprecie mis miles de libros, sintiendo el ingenio en sus ojos,

me aparto de ellos en hastío para revolcarme en la prensa del día.
Porque oh, nunca, nunca quise el noble campo de cultivo del conocimiento:

modelo palabras con trucos diestros, como juegan los niños al lego,

y percibo con fútil pena que no sé nada, ni quiero saberlo.

Mi biblioteca tiene rincones con ventanas, y entonces me aparto de los áridos libros

a la vastedad del mar y el cielo, y estoy contento como un niño

con el pico, la llanura, el arroyo y el árbol, gritando: “¡Míren!, los libros a mí:

Naturaleza, ¡sé tú mi Biblioteca!”

 

traducción: Hugo Müller

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