Lucille

¿Por supuesto oíste del Nancy Lee, y cómo salió a navegar en su famosa exploración de la pulga del ártico, en los páramos de la bahía de Hudson?
Porque fue el capricho de un príncipe extranjero el que recogió esa pequeña nave,

y una moneda de oro no era más para él que un cobre para tíos como nosotros.

Así salimos a navegar y nuestros corazones estaban alegres mientras contemplábamos el encantador escenario,

y reímos con felicidad mientras atrapamos la pulga del lobo y la lobezna,

sí, nuestros corazones estaban encendidos mientras matamos al armiño,

y al gran buey almizclero, el zorro plateado, el alce y el caribú.

Y reímos con entusiasmo cuando la plaga de insectos de la marmota coronó nuestro celo,
y el cauteloso visón y la astuta liebre, y la morsa y la foca.

Y con ojos brillantes sobre la nieve desdeñosa danzamos un rigodón

alrededor de la solitaria guarida de la liebre, junto a la luz de la luna plateada.
Pero el tiempo estaba cerca de correr a casa cuando, ¡imagina nuestra desesperación!
lo mejor del destino que no habíamos tenido, la pulga del oso polar.

Oh, su rostro era largo y su aliento fuerte, mientras el patrón me dice:

“Quiero que permanezcas aquí, mi muchacho, junto a la orilla del Mar Artico,

quiero que caces el oso polar durante el invierno desfalleciente,

Y si encuentras una pulga de su estirpe y tipo, entonces habrá cientos de libras para ti”.

Pero yo sacudí mi cabeza: “No, capitán” dije, “es usted a quien quiero complacer,

pero le digo llanamente que no haría eso ni que me lo pidiera de rodillas”.

Entonces el capitán escupió en la salmuera hirviente y dice: “Buena suerte para ti,

si no puede ser hecho por cien libras, ¿supongamos que las llamemos doscientas?”

Entonces ese fue el motivo por el que dijeron adiós, y navegaron y me dejaron allí solo, solo en la zona ártica para cazar al oso polar.

Oh, los días eran lentos y llenos de dolor, hasta pensé que nunca terminarían,

y solía sentarme cuando el fuego estaba encendido, con mi pipa para mi único amigo.

E intentaba cantar alguna cosa rollosa, pero mi canción se rompía en una oración,

y me amodorraba y soñaba con el brillo de la madera flotante, soñaba con el oso polar,

soñaba con un oso polar como una nube que manchaba las estrellas en lo alto

con voraces mandíbulas y garras enloquecidas, y las llamas del infierno en sus ojos.

Y me hubiese quedado atrapado en el piso congelado, como haría un cazador avezado,

y encontraría bestias de todo tipo pero nunca la que perseguía.

Nunca una pista en la mole de hielo blanco que zumbaba, se agitaba y fallaba,

hasta que me puse a pensar: “¡Por qué me golpeas suavemente!, si la criatura no fuese un fraude”.

Y entonces una noche en la luz pálida, mientras me apuraba a casa para cenar,

escucho un rugido junto a la puerta de la cabaña, y un enorme bulto blanco se levanta.

Entonces mi rifle brilló y una bala estalló; muerto, cae muerto como una piedra,

y di un grito, porque en su oído, ¡Dios mío!, una diminuta pulga.
¡Por fin, por fin! Oh, la atrapé rápido y la contemplé con orgullo,

y la arrojé en una lata de galletas y la cerré segura adentro

con una tapa de vidrio para que pasara la luz, y espacio para saltar y jugar,

oh, la mantuvo viva, sí, parecía crecer mientras la observaba noche y día.

Y solía sentarme y cantarle, y protegerla del daño,

y tenía un alimento fiel en el peso de mi brazo peludo.

Porque nunca sabrán cuán solitario se siente un hombre en aquella tierra de nieve,

así hice aspavientos de la pequeña cosa y la bauticé “Lucille”.

Pero el invierno más largo tiene su final, y el hielo se volvió al mar,

y un día vi una nave en la bahía, y allí estaba el Nancy Lee.
Entonces bajaron un bote y subí a bordo y abrieron grandes sus ojos,

sí, dieron vivas cuando la verdad fue clara, y vieron mi precioso premio.

Y entonces todo fue como un sueño frívolo, pero para cortar mi historia

salimos a navegar el 5 de mayo a la corte del príncipe extranjero,

a una tierra de palmeras y un gran palacio, y allí estaba el pequeño príncipe,

y una princesa gorda en un vestido de satén con una corona de oro sobre su cabello.

Y me mostraron en una habitación brillante, sólo él, ella y yo,

y el príncipe estaba contento y amistoso, y pide bebidas para los tres.

Y yo les muestro mi lata de galletas golpeada, y hago mi modesta arenga,

y ellos se rieron, lo hicieron, cuando abrí la tapa y apareció Lucille.
Oh, el príncipe estaba contento, enseguida pude verlo, y la princesa también estaba contenta, y Lucille bailó alrededor del mantel como solía hacerlo.

Y el príncipe sacó una bolsa de oro, la puso en mi mano y dice:

“Valió la pena todo eso, me dijeron, quedarse en aquella tierra peligrosa”.

Y entonces él se dio vuelta con un súbito llanto y agarró su barba real,

y la princesa gritó, y bien debió hacerlo, porque Lucille había desaparecido.

“Debe estar aquí” dijo a su Nobleza, así que nos pusimos a cazarla a nuestro alrededor,

oh, buscamos en aquel lugar pero nunca encontramos un rastro de la pequeña bestia.

Entonces sacudí mi cabeza y dije tristemente: “¡Dios maldiga a la pícara tía!

Es poderosamente extraño, pero no está aquí, así que… debe estar en alguno de nosotros.

Perdónenme si lo hago tan libre pero sólo hay una cosa para hacer:

si amablemente se van por un rato buscaré en mis ropas”.

Entonces solitario en el trono brillante me desnudé de la cabeza a los pies,

en vano, en vano, estaba bien claro que ya no tenía más a Lucille.
Entonces me vestí de nuevo y le dije al príncipe y él se rascó su augusta cabeza,

“Supongo que si ella no te eligió, debo ser yo” dijo.

Entonces se retiró pero pronto regresó, y sus rasgos motraban malestar:

“Oh, no eres tú y no soy yo”…. Entonces miramos a la princesa.

Ella se retiró y escuchamos un grito, y abrió la puerta y sus dedos se pellizcaban de dolor

pero portaba una sonrisa radiante: “Está aquí” grita, “nuestro precioso premio.

Oh, la acabo de encontrar…” Entonces corrí hacia ella con un grito de alegría,

pero me atraganté con un salvaje desmayo.

Me aferré al respaldo del trono dorado y la habitación comenzó a moverse…

Lo que sostenía ante mí era, ¡ah, sí!, una pulga pero… no era mi Lucille.

 

traducción: Hugo Müller

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