La costurera

La humilde buhardilla donde vivo está en el barrio latino,

la verdad, no es espaciosa, apenas hay lugar para balancear un gato.

¡Pero qué importa! Es allí donde lucho por comida y fama,

invitando a mi musa, y todo el día y la mitad de la noche

me encontrarán escribiendo, escribiendo, escribiendo.

Ahora, fue en el mes de mayo cuando, luchando con una rima reumática

opté por mirar a través del camino y ¡oh!, dentro de un ático vecino,

una mano apartó la sombra de la ventana y allí,

una imagen satisfecha y brillante, ví una dulce y esbelta doncella,

y estaba cosiendo, cosiendo, cosiendo.

Tan pobre el cuarto, tan pequeño, tan escaso pero de algún modo, oh,

tan brillante y gallardo. Había una pequeña planta de geranio,

igualmente un canario muy vivaz.

Y en el corazón de la dama parecía haber una fuente de satisfacción,

mientras solo soñaba tristemente escuché su encantador canto.
¡Dios la ama! Cómo me animó entonces verla allí tan hermosa y valiente,

así ella con la aguja, yo con la lapicera, trabajamos como esclavos y cantamos por arriba de la ciudad.

Y mientras a través de mis corrientes de tinta la observaba desde una distancia de poeta

ella cosía y cantaba… Casi pienso que estaba advertida de mi existencia.

Y entonces un día ella no cantó más. Eso me puso afuera, no hay negación.

La miré, trabajaba como antes pero, ¡bendita sea!, estaba llorando, llorando.

Su pobre canario gorjeaba en vano, su geranio rosa se caía de lástima,
“por supuesto”, dije, “ella cantará nuevamente, tal vez lo hará mañana”.
Pobre chica, había terminado con su canción: día tras día sus lágrimas fluían

y mientras me preguntaba qué estaba mal ella languidecía y alcanzaba

el punto máximo de su costura. Y entonces un día la persiana que manejaba, ¡oh!,

aunque la busqué con vano esfuerzo perforando la oscuridad,

bien supe que mi costurera se había ido para siempre.
Y mientras me siento solo esta noche mis ojos se dirigen a su cuarto y giran…

Daría la suma de todo lo que escribo por ver una vez más arder su vela,

una vez más atisbar su rostro feliz, y mientras llamo a mis rimas alegres
a través de la soleada extensión del espacio oír su canto.

 

traducción: Hugo Müller

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