La balada de “Mala Suerte” Harry

Ahora no esperarían encontrar un hombre horrible y maniático

que se ha arriesgado a cerca de trescientas vetas, y cada una está en blanco,

Eso siguió a cada loca estampida, y vio el levantamiento y caída de campamentos

donde los hombres obtenían oro en trozos y él nada de nada,

agarró un poco de tierra y la vendió por una canción para verla

rendir una fortuna por algún loco que viniera por el camino,

aquello hundió una docena de lechos de roca, y no atisbaron ni un grano,

¿aún los ven tomando un millón de vetas a izquierda y derecha?,

¿no son cosas como esas suficientes para llevar a un hombre a la bebida?
Pero Mala Suerte Smith era a prueba de balas, él sabía el modo de perder.

Fue en la caída del ’94 que los oí decir, cuando Mala Suerte vino a Hunker Creek y tomó

una capa en la ladera de la colina y ¡sí!, para compensar todo el fútil pasado,

tarde en el año lo hizo rico, tuvo una verdadera racha salarial al final.
Los rifles de su caja de purga estaban ahogados con tierra moteada,
y noche y día trabajó en aquella capa por todo lo que merecía.

Y cuando en la gélida oscuridad de diciembre expiró su afortunada franquicia

halló que había hecho una apuesta tan grande como la que deseaba.

Un día, mientras meditaba en el capricho del destino

sintió el dolor de un hombre solitario por encontrar una pareja adecuada,

unas pardas enaguas que animaran su vida solitaria,

una mujer con suaves, dulces modales, una confidente, una esposa.

Y mientras él cocinaba su cena en su pequeño horno de Yukon

deseó haber arriesgado una veta en el rico y preciado hallazgo del amor,

cuando de repente hizo una pausa y sostuvo en alto un huevo de Yukon,

allí en letras delineadas estaba el nombre mágico de Peg.
Conocen estos huevos nuestros –algunos rosados, algunos verdes, algunos azules-,

a un dólar, tonos surtidos, sabores surtidos también.

El arrogante migrante debería designarlos en alto,

pero uno adquiere el gusto por ellos y los disfruta uno a uno.

Bueno, Mala Suerte Henry tuvo su huevo y lo sostuvo hacia la luz,

y allí había más lápiz esfumado que gravemente le agobió la visión.

Al final lo logró, y la leyenda corrió así:

“¿Le escribirá el minero Kondike a Peg, Plumhollow, Squashville, Wisconsin?”
Aquella noche se puso a pensar en esta alejada, desconocida muchacha,

parecía tan oportuno, una respuesta a su ruego.
Ella revoloteó dulcemente a través de sus sueños, lo acechaba de día,

sonreía a través de nubes de nicotina, lo animaba en su cansadora manera.

Al final se rindió al hechizo, estableció su curso de amor,

Wisconsin su punto objetivo; su objeto, Margaret.
Con cada milla de mar y tierra su anhelo creció y creció.

Practicó todas sus bonitas palabras, y aquellas, me temo, eran pocas.

Al fin, una tarde helada, con un escalofrío en su columna,

se encontró delante de su casa, el umbral del santuario.

Su coraje parpadeó una chispa, luego brilló con una llama repentina,

golpeó, oyó una palabra de bienvenida, ella vino, su diosa vino.

Oh, era bonita como cualquier flor, y roncamente él habló:

Hice todo el camino, Klondike, con una bolsa muy pesada.

Estoy buscando una muchacha, una cuyo nombre cristiano es Peg,

que buscaba a un minero de Klondike, y lo escribió en un huevo”.
La muchacha lo contempló un momento, sus mejillas enrojecieron,
lo contempló con ojos lagrimeantes, entonces ella dijo cariñosamente:

Sí, solitario minero Klondike, es verdad que mi nombre es Peg.

También es verdad que esperé por ti y lo escribí sobre un huevo.

Mi corazón fue por alguien a aquella tierra de noche y frío pero oh,

me temo que aquel huevo de Yukon debía estar demasiado viejo.

Esperé mucho, anhelé y temí, deberías haber venido antes,

ahora he sido una mujer casada por 18 meses o más.

lo siento, ya que has venido de tan lejos, no has obtenido la que conquistaste,

¿pero no quieres entrar?, dejaré que veas a los mellizos”.
 

traducción: Hugo Müller

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