Vejete

De una carretilla de jardín hizo su sustento
mientras sus ojos brillantes daban testimonio
de que la salud era su hábito y su cuidado, y su hobby el estado físico.
Cantaba alabando al cielo abierto, agradecido de la pródiga Naturaleza,
y cuando al final vino a morir era por haber vivido demasiado.
Se mantuvo apartado del odio y el esfuerzo, bebió paz en dosis soñadoras,
nunca votó en su vida, amó a niños, perros y rosas.
Permitió que los tiranos retocen en sangriento júbilo y que las revoluciones jaraneen,
pasó sus días tan pacíficamente como un fraile en un claustro.

Así, compañeros pecadores, deberían elegir la condena de ser un vejete,
a los ochenta ser un enclenque recluso como este sereno y viejo vejete,
que le dio la espalda al miedo y la inquietud, y murió cerca de los ochenta y siete…
Su nombre era Robert Service: déjenos creer que se ha ido al Cielo.

traducción: Hugo Müller

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