Las lloronas

Contemplo en el doliente vientre de la noche,

miro a través de la niebla que enmascara a los muertos,

la luna está cansada y da apenas una pequeña luz,

las estrellas se han ido a la cama.
La tierra está enferma y parece respirar con dolor,

un viento perdido gime en un árbol destrozado,

no veo lo horrible, el llano con los cadáveres desordenados, no veo a los muertos.
No vería el asesinato… y así me levanto,

mis ojos salen de las ruinas en que yacían cuando ¡oh!,

un millón de rostros de mujeres fluyen

como pálidas hojas a través del cielo.
Las mejillas de algunas están acanaladas profundo con lágrimas,

pero algunas no tienen lágrimas, con ojas salvajes contemplan

la sombra de los años por venir de insondable desesperación.
Y algunas son jóvenes, y algunas muy viejas, y algunas son ricas,

y algunas pobres más allá de toda creencia,

pero todas son extrañamente parecidas, puestas en el molde de la perenne lástima.

Llenan la vastedad del Cielo, rostro en rostro,

y entonces veo a una llorando con el resto,

cuyos ojos me imploran por un espacio de momento…

¡Oh, los mejores ojos que amo!
No, sólo estaba soñando. El cielo está todo abandonado,

y ahí está el campo de batalla retorcido en rojo:

Dios se apiada de ellas, ¡las mujeres del pueblo que lloran!
¡Qué felices están los muertos!

 

traducción: Hugo Müller

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