La balada de los pecadores

Más allá del puente de rocas se encuentra la ciudad de fama malvada,

las chozas donde se hacinan, pululan y prospera la hermandad de la vergüenza.

Durante toda la noche la luz de cada cabaña sale y luego entra,

un heliógrafo rojo-sangre de lujuria, un semáforo de pecado.

Desde Dawson, suavemente acurrucado, cada procaz busca su pareja,

y contentas y malas, vestidas de kimono, las mujeres lascivas esperan.

El río charla con la luna, y los pecadores sobre sus barras,

cada colina silenciosa está oscura y fría, y frías están las pacientes estrellas.

¡Pero presten atención!, sobre el puente de rocas un paso bacanal,

un susurro: “Ven”, el torbellino de alguna puta del infierno…
* * * * * * * * * * *
Dieron una danza en Lousetown, y el pueblo corrupto estaba allí,

las chicas estaban frescas y juguetonas, y casi todas eran lindas.

Alardeaban a sus espaldas la ruina de una docena de pueblos,

y algunas hacían brillar preciosas gemas y otras vestían túnicas de Paris,

los votos se dividían sobre quién era la más bella pero todos opinaban,

la más simpática era Nell, Toca-el-botón.

Entre la divertida muchedumbre de hombres había uno que no bailaba

pero observaba la “fantástica luz” con mirada hosca y amarga.

Ellas veían sus dientes blancos brillar, ellas veían sus labios gruesos crisparse,

lo conocían por el gigante eslavo, un Riley Dooleyvitch.
“Oh Riley Dooleyvitch, ven aquí” dijo Nell Toca-el botón,

“y baila un paso o dos conmigo, la música simplemente se infla”,

él la aplastó en sus poderosos brazos, una bruja mansa, seductora,

“contigo, oh Nell, bailaría hasta el infierno” dijo Riley Dooleyvitch.
La balanceó hacia arriba, la balanceó hacia abajo, la balanceó alrededor del salón,

su corazón era masilla en sus manos, su misma alma estaba esclavizada.

Como Antonio de viejo sucumbió al hechizo de Cleopatra,

así Riley Dooleyvitch se doblegó ante Nell Toca-el-botón.
“¿Y me amas de verdad?” gritó ella. “Te amo como a mi vida”.

“¿Cómo puedes probar tu amor?” suspiró ella. “Te ruego que seas mi esposa.

Pongo en riesgo una gran paga en el camino a Hunker, algún día seré tan rico

que te haré brillar en prendas de satén fino” dijo Riley Dooleyvitch.
“Algún día serás tan rico” se mofó ella, “aquel viejo sueño de pipa no va.

Quien tome una opción con este muchacho debe tener una moneda para mostrar.

Tú trabajas tu suelo. Cuando venga la primavera, nuestras campanas de boda sonarán.

Estoy en la plaza, y cuidaré todo el oro que traigas”.
Así Riley Dooleyvitch se fue y trabajó en su fortuna,

zanjó y se desvió, se hundió y excavó, con brazo inquebrantable,

y cuando su bolsa de cuero crudo de alce comenzó a hincharse con polvo

la trabajo y la dejó a los pies de Nell Toca-el-botón.
* * * * * * * * * * *
Ahora, como las otras de su especie, la dama tenía un amigo,

y lo que obtenía del intercambio se lo daba a él para gastar,

para arriesgarlo en un juego de poker, o pagar su montón de tragos,

él era un chulo de Paris y su nombre era Lew Lamore.
Y así Dooleyvitch siguió adelante y trabajó como se le ordenó,

y luchó desde la suciedad congelada donde se esconde la cosa amarilla,

y la trajo a su Dama Nell, ella le dio amor en abundancia

pero traspasaba todas sus ganancias al festivo Lew Lamore.
* * * * * * * * * * *
Había pasado un año, un año agotador de esfuerzo y maldito sudor,

de dolor y pena en la oscuridad y suciedad, de miedo de que ella se olvidara.

Buscó una vez más la puerta de su cabaña: “He trabajado como una bestia pero ahora,

querida, ha llegado el tiempo de ir ante un sacerdote.
Te he traído oro, cientos de pliegues traigo pero oh,

te deseo, te deseo mal, te deseo hasta que muera.

Ven, abandona esta vida con abundante mal, nos divertiremos mientras aún podamos…”

“Puedo no casarme contigo” dijo ella, “amo a otro hombre”.

Lo amo y lo odio tanto. Me mantiene en un hechizo.

Me golpea, mira mi pecho amoratado, hace de mi vida un infierno.

Me hace sangrar, mientras con el pecado y la vergüenza gano mi pan diario:

Oh, Destino cruel, ¡no puedo aparearme hasta que Lew Lamore esté muerto!”
* * * * * * * * * * *
El largo y delgado canal descendió por la colina, quinientos pies de caída,

Las aguas en la presa de arriba rozaron la pared de su prisión,

surgieron y se precipitaron, batieron y saltaron, con salvaje regocijo y contienda.
con polvo y espuma la ranura mareante se estremeció como una cosa de la vida.
“Debemos ser libres” gritaron las aguas, y se escurrieron por la colina,

“ningún poder puede hacernos retroceder” rugieron, y se precipitaron en su esperanza.

Se hundieron en un canal poderoso, corrieron como bueyes enloquecidos,

y se estrellaron a través de un casco de acero para servir la voluntad del Hombre.
Y allí, al empujar hidráulicamente su terreno junto a una zanja de roca,
con ojos en llamas y salvaje puntería estaba Riley Dooleyvitch,
en jardinero y botas largas, y una sucia camisa de jean,

detrás de un monitor gigante que golpeó en la tierra.
Una flecha de acero se clavó en el agua e hirió la cara de barro,
se enterró en el estiércol congelado y recogió la suciedad,

llenó de sangre la grava de su lecho, bramó como un toro,

lanzó la pesada roca hacia arriba como montones de lana aborregada.

La fuerza de cientos de hombres estaba allí, poderosa resistencia y habilidad,

y sólo Riley Dooleyvitch para balancearla a su voluntad.
Jugó con ella arriba, jugó con ella abajo, casi ensordecido por su rugido

hasta que de pronto alzó los ojos y allí estaba parado Lew Lamore.
Ojos de cerdo y pesadamente asaltado se paró y chupó un gran cigarro,

tan frío como si estuviese dirigiendo la noche en algún bar de Montmartre.
Pareció decir, “Tengo una cincha, un enganche de doble diamante:

despellejaré a este zoquete moscovita, este Riley Dooleyvitch.
El gritó: “Deten el arma, me aturde… ¡sagrada maldición!

Me gustaría hacer un negocio, un trato, sabes el hombre que soy.

Esta pequeña muchacha, ella me ama tanto, te digo lo que hago:

Tu me das este metal… ¡Jesucristo! Yo te doy aquella chica”.
“Te veré condenado” dice Dooleyvitch; pero cuando probó su lengua

(debió ser un accidente) el pequeño gigante se balanceó,

veloz como un relámpago titilante se balanceó hasta que se desplomó

y se encontró con una obstrucción en la figura de Lew Lamore.
Lo agarró y lo alzó, lo dio vuelta y lo empujó como una pelota,

jugó con él y lo pateó en el aire antes de dejarlo caer.

Entonces, sólo para mostrar lo que podía hacer, con golpes y acometidas salvajes

le arrancó las entrañas de la columna y lo dejó caer en el barro.
Ellos recogieron los huesos rotos y tristemente en un saco

cargaron hacia el pueblo los últimos restos de Lew Lamore, el macaco.
Y deberías oír los detalles completos de cómo sucedió todo,

pregunta a la señorita de Riley Dooleyvitch (Nell Toca-el-botón tarde).

 

traducción: Hugo Müller

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