Julot el Apache

Han escuchado de Julot el Apache, y Gigolette, su chica…

Montmartre fue su coto de caza pero Bellville era su hogar.
Un pequeño tipo como un muchacho, con bigote manchado de negro,

aunque no había un rasgo juvenil en Julot el Apache.
Desde la cabeza a los talones tan duro como el acero, tan ágil como un gato,

con cada truco de torcer y patear, un maestro del savate[1].

Y Gigolette era alta y linda, tan estúpida como una vaca

se golpeaba la frente con tres peines sobre su grasiento cabello.

Podías verla todas las tardes en la Place Pigalle,

una moza primitiva y robusta tan descarada como la luna.

Y aún hay una historia que se cuenta de Clichy luego de la oscuridad,

y dos gendarmes que balancearon sus armas con Julot por una marca.

Y oh, pero ellos le dieron también, golpearon y ardieron,

cuando como un relámpago una mujer saltó entre ellos y su presa.

Ella tomó la medicina que era para él, ella acometió con una estampida…

“¡Rápido, ahora, y escápate, oh, Julot el Apache!”…
¡Pero no! El giró, corrió rápido de regreso, encontró sus armas a su alrededor,

lo atraparon sollozando como un niño, y besando a Gigolette.

Ahora soy un pintor atolondrado que ama la francachela,

y una noche me fui de parranda al bar de Cyrano

y había un montón de putas y ladrones de todo tipo,

y aunque el lugar se estaba tambaleando no parecía importarme.

Hasta abajo me hundí, y todo estaba vacío cuando en el borroso amanecer

me desperté en mi estudio para encontrar que mi dinero se había ido,

trescientos francos por los cuales me raspé y exprimí para pagar el alquiler de mi cuarto.
“Alguien ha pellizcado mi fajo” gemí, “nunca fue gastado”.
Y mientras atormentaba mi cerebro para buscar cómo podía ganar algo más,

antes que mi cruel propietario me pateara acurrucado desde la puerta:

Un golpe… “Pase” –gruñí bruscamente, no levanté mi cabeza, ¡luego sí!,

escuché una voz ronca, un paso veloz y suave:

“Estabas tan ciego anoche, mi viejo, incauté todo tu efectivo,

trescientos francos… ¡Eso, por el nombre de Dios! –dijo Julot el Apache.

Y así fue cómo conocí a Julot y Gigolette,
y hubiésemos hablado y tomado una cerveza negra y fumado un cigarrillo,

y hubiese meditado sobre el arte del crimen,

y él hubiese contado de golpes, robos y policías y hacer tiempo,

o de otro modo cuando él estaba lleno de fondos que descuidadamente explicaba

había golpeado a algún burgués hinchado a la orilla del Sena.

Era tan gentil y amable, justo como un hombre de paz,

y no un desesperado y terror de la policía.

Ahora un día en el bistró que está detrás de la Place Vendôme
me encontré con Julot el Apache, y Gigolette su chica.
Y mientrás se veían muy graves, les digo, digo yo

“Vengan y tomen un pequeño vaso, es bueno enjuagar el ojo.

Ambos parecen muy serios, tienen algo en el corazón”.

“Ah, sí” dijo Julot el Apache, “tuvimos algo que hacer.

Cuando algunas cosas vienen a gente como nosotros, no es muy divertido…

Es Gigolette, me dice que espera un niño”.

Entonces Gigolette me miró con ojos como piedras de hiel:

“Si fuéramos gente honesta” dijo ella, “no me importaría para nada.

Pero entonces… sabes la vida que llevamos, bueno, sea como sea digo

(esto es, en caso de que sea una niña) llamarla Angeline”.
“Anímate” dije yo, “es todo en la vida. Hay oro dentro de la escoria.

Vamos, beberemos otra birra por Angeline, la niña”.

Y así pasó el cansado invierno, y entonces una mañana de abril

vino el meritorio Julot por fin a decir que el bebé había nacido.

“Me gustaría arrojarlo al Sena”, gruñó amargamente,

“y aún así supongo que debería dejarlo vivir por Gigolette”.

Sólo reí, di por seguro que su rencor era falso,

y estaba más orgulloso que un príncipe detrás de sus hoscos modales.
Aún cada día estallaba el mocoso con profundas y sombrías maldiciones,

y me juraba que Gigolette ya no pensaba en él.
Y entonces una noche tiró la máscara, sus ojos estaban enfermos con espanto,

y cuando le ofrecí una fumada gruñó y sacudió su cabeza:

“Estoy furioso, es Angeline… está cubierta con una erupción…

tal vez se muera, mi pequeña niña” lloró Julot el Apache.

Pero Angeline, me alegra decirlo, vino de la prueba lo más bien,

aunque Julot, así me dicen, la vigilaba día y noche.

Y cuando lo vi la vez siguiente él dice: “Ven y cena conmigo.

Compraremos unos bifes en el camino, una botella y algo de queso”.

Y así tuve una noche alegre dentro de su humilde hogar,

y me reí con Angeline la niña y Gigolette la chica.
Y cada vez que Julot usaba una palabra obscena, por más leve que fuera,

cómo Gigolette le fruncía el ceño y señalaba a Angeline:
Oh, qué pequeña inocente, con cabello suave de seda,

no me pregunto si estaban orgullosos de Angeline la niña.
Y cuando sus brazos estaban alrededor de su cuello, entonces Julot me dice:

“Debo trabajar más duro ahora, mi viejo, desde que tengo que trabajar para tres”.

De hecho trabajaba tan duro que la policía cayó un día

y lo pusieron tras las rejas seguro por un año.
Tan oscuro y silencioso ahora, su hogar, se han ido, me pregunté adónde,

hasta que en una lavandería cercana vi a una niña con el pelo brillante,

y sobre el lavadero una moza robusta, sus brazos llenos de espuma jabonosa,

¡sí!, era Angeline la niña, y Gigolette la chica.

Y así mantuve un ojo sobre ellas y vi que todo iba bien

hasta que al fin vino Julot a casa, medio loco con encanto.

Y cuando besó a ambas, dice: “Tuve mi recompensa esta vez.

Estoy en el camino honesto ahora, estoy, ya estuve todo alimentado con el crimen.
Marca mis palabras, la página que doy vuelta va a estar limpia,

lo juro sobre la cabeza de ella, mi pequeña Angeline”.

Y así, para finalizar mi historia, esta mañana mientras paseaba

por el bulevar escuché una voz que conocía de los viejos tiempos.

Vi un pequeño hombre rosado con bigote de morsa…

Me detuve, contemplé… ¡Por todos los dioses! Era Julot el Apache.
“Estoy en el camino del jardín” dijo, “y haciéndolo muy bien,

tengo la mitad de un acre bajo la caña y montones de carretillas para vender.

Ven y mira. Oh, ven el domingo, mi amigo, llueva o brille el sol…

¡Digo!, es la primera comunión de aquella pequeña niña mía”.

[1] Método francés de lucha en que se usan los puños y los pies.

 

traducción: Hugo Müller

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