Tendero retirado

El atendía el mostrador de la tienda de comestibles,
aquel pequeño hombre tan gris y ordenado,
su bigote tenía una caída triste, me saludó en la calle enlodada.
“Vendí mi tienda”, me dijo, tornando su mano detrás de su oreja.
“Mi sordera está tan mal, usted verá, la gente tenía que gritarme para hacerme escuchar”.

El suspiró y tristemente sacudió su cabeza,
la mano que me dio estaba gélida como el hielo.
“Vendí demasiado pronto” dijo, “hoy obtendría diez veces el precio.
Pero entonces cómo un hombre iba a saber
(la guerra, el alza del costo de la vida).
Tenemos que arremangarnos para que las cosas vayan: es duro, lo siento por la esposa”.

“Ella a veces me miraba con lágrimas.
‘Trabajaste tan duro’ la oía decir.
‘Tuviste tu tienda por cuarenta años y fuiste honesto como el día’.
Ah, sí, amaba mi tienda, es verdad, trataba de satisfacer a mis clientes,
pero cuando uno es sordo y tiene 62 años,
¿qué puede hacer en tiempos como éstos?
Mis ahorros, que con tanto afecto creí que me mantendrían cómodo cuando fuéramos viejos
se están disolviendo rápido, lo que una vez compré por plata, ahora es buscado con oro.
El costo de la vida se eleva cada día, me pregunto cuál será el fin”,
suspiró y lo vi partir a la deriva y pensé: ¡Ay por ti, mi amigo!

Y cada día lo veo detenerse y mirar y mirar con ojos pensativos
a lo que una vez fue su pequeña tienda,
cuyas mercaderías ya no puede comprar más.
Luego se va a casa cansadamente donde yace su esposa en la cama,
una gota colgando de su nariz…
Pero oh, ¡el pánico en sus ojos!

traducción: Hugo Müller

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