Nuestro héroe

“Flores, sólo flores, traigan posturas delicadas, flores para el olvido”,
eso fue todo lo que él dijo, entonces saqueamos nuestros jardines,
colocamos en su cama violetas, rosas, lirios blancos y campanillas.
Sus manos pálidas las tocaron suavemente, acariciándolas tiernamente,
a sus cansados ojos vino suvamente una pequeña luz,
una mirada de amor anhelante, gentil como una bendición,
allí en medio de las flores él esperó la noche.

“Hubiese querido que me formaran, puedo ver el oeste entonces:
debería ver la puesta del sol una vez más antes de irme”.
Así se quedó contemplando, parecía que estuviese descansando,
callado como un espíritu en una Iuz dorada.
Así se mantuvo observando castillos rosados desmoronándose,
fosos de ámbar cegador, bastiones de llamas,
robustas grietas de ópalo, torres carmesí cayendo,
así permaneció soñando hasta que vinieron las sombras.

“Abre bien la ventana, hay una alondra cantando,
hay una alondra contenta cantando en el cielo de la tarde.
Qué salvaje su arrebato, radiantemente aletea:
Oh, es bueno escuchar aquello cuando uno tiene que morir.
Estoy asediado por el horror del infierno que me encontraron,
estoy quebrado por la batalla, todo lo que quiero es descansar.
¡Ah, es bueno morir así, flores rodeándome,
y una amable alondra cantando en el dorado oeste!

“Flores, canción y brillo del sol, sólo una cosa se desea,
sólo la risa feliz de un niño”.
Así trajimos a nuestra más querida, la encantadora Doris,
tiernamente él la besó y sonrió radiante.
“En el tiempo de paz dorado contarás la historia,
cómo para ti y los tuyos, dulces, amargas muertes fueron las nuestras…
¡Dios bendiga a los niños!” Así pasó a la gloria,
entonces lo dejamos durmiendo, quieto entre las flores.

traducción: Hugo Müller

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