Los muertos vivientes

Desde que llegué a los años sedados veo con más y más agudeza
la amarga ironía del destino, la vanidad de todas las cosas humanas.
Porque, justo hoy un compañero dijo, mientras yo examinaba el portal exterior de la Fama:
“¡Por Dios! Pensé que estabas muerto”.
¡Pobre de mí, que soñaba ser inmortal!

Pero ese es el modo con el cual muchos hombres,
cuyos nombres uno fantaseó desafiando al tiempo,
creíamos que eran polvo y entonces los encontramos viviendo junto a su muerte.
Como perros nosotros, los escritores, tenemos nuestro día,
elegido el mejor y más breve best-seller y entonces,
“pulgares abajo”, nos escabullimos y morimos olvidados y abandonados.

Ah, bien, tuve mi aventura lírica, acuñé miles de pequeños versos
y algunos, ¡compañeros!, eran muy malos,
y algunos, ¡por suerte!, estaban mejor inéditos.
Pero si hiciera de mi musa una madama de burdel
(porque soy terrenal como lo es una zanja),
responderé humildemente a mi Dios: la mayoría de los hombres han jugado con putas.

Sí, he jugado con la Señora Rima, y tenía oportunidades largas y amorosas,
y cuando el árbitro me llama abandono suavemente y tomo mis ganancias.
Voy a saludar a algunos en Sleepydale, y alimentar a los patos y acariciar los caniches,
y cebar mi panza con tortas y cerveza, y a contar bolas con los tontos de la ciudad.

Y luego algún día tú ociosamente sondearás la columna de obituarios del Times,
y dirás: “¡Mi querido, viejo y pobre hombre!”
Y por un momento te verás solemne…
“Entonces todo este tiempo estuvo vivo,
un ratero de segunda de los reinos de la rima…
¡Por Dios! para vivir hasta los noventa y cinco:
¡Brindemos por su fantasma, un jerez, camarero!”

traducción: Hugo Müller

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