Longevidad

Un día observé un loro gris, era en una barbería.
“¡Cornudo!” gritó hasta que suspiré: “¡Tú, demonio emplumado, deténte!”
Entonces me miró de modo siniestro y se deslizó en su percha,
con ojos burlones que parecían fisgonear buscando mi verdadera alma.
Tan fiera, tan arrogante, tan sombría, tan fría, tan aviesa era su mirada,
y entonces pienso que de aquel pájaro escuché este sentimiento que declaro:

“Como aparenta, un loro puede sobrevivir cien años,
cuando te hayas ido yo estaré todavía sentado sobre esta percha y estaré vivo.
En este mismo lugar dejo caer mi entrepierna, y rompo mis semillas de girasol,
y cacareo fuerte cuando en un ataúd te estarás pudriendo bajo las malezas.
Yo seguiré adelante cuando hecho carroña yacerás bajo el tejo,
con garra y pico buscaré mi comida cuando los gusanos te persigan”.

“¡Ave loca!” dije yo, “no profetices, alegremente me las arreglaré para que,
cuando mi esqueleto se esté pudriendo, tú dejes de estar vivo”.
Entonces así le hablé a aquel barbero: “Joe, aquí tienes una nota por cinco libras.
Es fresca y nueva, y es tuya si le rebanas la garganta a aquel loro”.
“En parte” –dice él, “estoy de acuerdo, porque soy pobre en el vil metal,
con muy buena voluntad tomaré su billete pero córtele usted la garganta”.

Así ocurrió que me llevé a aquel pájaro a mi sala ancestral,
y allí se sentó y se rió ante los retratos de la pared.
Intenté cortarle su tráquea pero me dio tal picotazo,
tan cruzado estaba que juré retorcerle su maldito cuello,
cuando estridente chilló: “Es un loricidio lo que te propones hacer,
por cada rima que hagas tu serás un loro también”.

Yo dije: “Es verdad. Me inclino ante ti. Todos somos pobres loros”.
Y ahora siento reverencia por la sabiduría de su cotilleo.
Porque cada vez que quiero una rima parece que él encuentra la palabra,
en cualquier duda él me ayuda, el pájaro más sorprendente.
Esta línea que está ante tus ojos él me ayudó a componer,
alzo la tinta pero con frecuencia pienso que es él quien debería escribir.
Es él quien debería en modo místico confeccionar discursos poéticos,
y yo quien deje caer mi entrepierna y mordisquee semillas de girasol.

Un loro se acerca a los cien años (o así dice la leyenda),
entonces si yo fuera él vería que esta centuria se está por cerrar.
Entonces debería balancearme dentro de mi cuadrilátero mientras rugen las revoluciones,
y observar a un mundo arrojado a la ruina, y encontrar todo una carga.
Mientras me quedo pegado y bromeo arriba y abajo,
debería pestañar suavemente con ojos de loro
cuando los hombres excitados están moldeando el Paraíso.
Los nuevos Cristos deberían morir, mientras tristemente debería continuar y persistir,
hasta que viejo y nudoso contemple el amanecer del año 2000.

¡Pero qué destino! Cómo podría odiar sentarme en mi percha,
y no hacer nada por realizar un nuevo mundo para ángeles que lo arreglen.
No, mucho mejor, aunque mis notas líricas sean débiles y llanas,
estaré muerto y realizado de que nadie viva una vida como aquella.
Aunque la crítica deja cicatrices en un bardo humilde siento que debería serlo,
antes que aletear y revolotear y aullar y escupir durante todo un siglo.

Así, amigo emplumado, hasta el fin debes dividir mi guarida,
y hacer un lío, el cual (más o menos) limpio de vez en cuando.
Pero prefiero la condena de compartir compañeros muertos y desaparecidos,
entonces loro sé, y vive para ver diez veces cien años.

traducción: Hugo Müller

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