Camarera cansada

Su sonrisa es inefablemente dulce, es divinamente esbelta,
pero oh, cuán cansados son sus pies,
¡cómo le duele cada miembro!
Gracias a Dios está cerca la hora de cierre,
el misericordioso repique de medianoche.

Entonces ella se va en su impermeable, subirá siete pisos por escalera
y arrojará su cuerpo a la cama, demasiado cansada para decir sus oraciones,
pero no tan dormida para olvidarse de poner su alarma barata.
Ella sueña… en aquel solitario empleado de banco que viene cada día por el té,
¡oh, cómo sus ojos se iluminan con alegría de ver su simpatía!
Pero él es muy tímido para hablar, mucho menos para tocar su mellija.

El sueña… si sólo fuera un rey haría de ella mi reina.
Si fuera laureado cantaría sereno a su amor.
¡Qué romance nostálgico puede surgir en un restaurant de ciudad!

Porque mientras observo a ese par pensativo allí algo se agita en mi corazón,
desde la Arcadia un aire de abril que avergüenza al sórdido mercado,
un sentido de primavera y riachuelos cantarines, amor en medio de narcisos.

traducción: Hugo Müller

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