Los hacedores de misales

Tomamos un omnibus para visitar el Escorial,
y allí un guía mercurial se hizo cargo de nosotros.
Nos mostró sala tras sala y habló hora tras hora del lugar,
la cripta y la tumba real de pompa y poder.

Pero en desconcierto de la gracia, lo que más me gustó de todo
fueron los viejos misales, orgullosos en su lugar en el majestuoso salón.
Había al menos miles de tomos allí, todos luminosamente brillantes,
cada uno debió demandarle a algún clérigo un montón de años de trabajo de escritura.

¡Monje pobre y paciente que escribía y pintaba desde el amanecer al atardecer!
Y cuando su libro llegaba a un final su vida estaba hecha.
Con el corazón de amor oraría por guía al Dios de arriba,
y aquí contemplo su arte de oro hoy iluminado.

Y mientras tomamos nuestro camino de regreso se me ocurrió el pensamiento,
si los escribas sólo hubiesen escrito un libro, ¡qué bueno hubiese sido!
O si nuestros autores tuvieron que desplazar sus palabras justas en la vitela,
su resultado hubiese sido muy pequeño pero oh, ¡qué raro!

Así, tomen nota los escritores de hoy, si quieren salvar sus almas,
dejen que cada línea sea una para citar y estampar.
Entonces, aunque estén tristemente muertos,
se animarán al saber que su preciosa prosa aún pueda ser leída durante diez años.

traducción: Hugo Müller

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