La muerte de María Toro

Estamos llevando a María Toro a su hogar en Père-La-Chaise,
estamos llevando a Marie Toro a su último lugar de descanso.
¡Miren!, su coche fúnebre está tan colgado de coronas que todo se oculta
excepto las flores amontonadas sobre la tapa de su ataúd.
Una semana atrás vagaba por las calles, embarrada y prostituta,
una palabra de bulevar y el culo de todo el mundo,
una semana atrás ella nos persiguió, escuchamos su quejumbroso llanto,
barrimos aparte las flores rotas que ella nos importunó para que compremos,
una semana atrás ella no tenía dónde apoyar su cansada cabeza…
Pero ahora, oh, seguimos, seguimos adelante por la muerte de María Toro.

Oh María, ella una vez fue una reina… Ah, sí, reina de las reinas.
Entronada sobre el Carnaval ella sostuvo su espléndido balanceo.
Por veinticuatro horas estrelladas ella supo lo que significa la gloria,
el aliento de medio millón de gargantas, el delirio de un día.
Aún ella era sólo una de nosotros, una pequeña cosechadora,
aunque por lejos la más adorable y la mejor de nuestra banda de risa,
entonces intervino la fortuna, dejó de danzar, en medio de un vertiginoso remolino,
y nosotros que una vez debimos besar su mejilla estábamos orgullosos de besar su mano.
Porque rápido como una estrella se remontó, ella le concedió cada deseo,
la vimos cogida con apreciadas perlas, con la princesa a su llamado, y todavía,
todavía pienso que sus sueños eran del viejo Bulevar Saint Michel.

Y aún estoy seguro en el corazón que ella nos amó mejor que todos.
Porque una noche en el Cerdo Púrpura, sobre la rue Saint-Jacques
nos reímos y bebimos… una limusina vino dando chasquidos a la puerta,
entonces el licorero Raymond gritó: “Es la Reina María que ha regresado,
vestida de saten para agradarnos, y encantadora de nuestros corazones una vez más”.
Pero no, su rostro estaba extrañamente triste, y al final de la tarde:
“Queridos compañeros” dijo ella, “los amo a todos, y cuando estén lejos
recuerden, oh recuerden, que la pequeña María es su amiga,
y aunque se interponga el mundo entero, regresaré algún día”.
Y así partió, y entre varios un muchacho que luchaba por hacerse camino a la fama,
podía mirar atrás a la batalla de sus días de buhardilla
y bendecir su leal corazón, la mano candorosa, la Providencia que vino
a él y a todos en la hora de necesidad, en enfermedad y dolor.
El tiempo pasó. Ganó sus corazones en Londres, Moscú, Roma,
la adoraron en Argentina, la adoraron en Brasil,
fumamos nuestras pipas y divagamos cuando se suponía que ella debía volver a casa,
y luego aprendimos que la suerte cambió, las cosas se estaban poniendo mal.
Su salud falló, su belleza empalideció, sus amantes escaparon,
y alguien la vio en Perú, una triste común al final.
Así pasaron los años, y los rostros cambiaron, nuestras barbas eran tristemente grises,
y el nombre de María Toro devino en eco del pasado.

Ustedes saben que aquel hombre viejo y marchito, aquel abandonado del arte,
¿quién haría un sketch de crayon sobre ti por un miserable franco?
En sombrero caído y abrigo andrajoso se veía y es su rol,
un saturado viejo bohemio sin un solo centavo.
Una buena compañía de los días de Rimbaud y Verlaine,
él empollaba y empollaba, y mordía el bolo de amargos souvenirs,
bajo su greña de pelo canoso sus mejillas estaban recargadas de dolor,
las cuencas azafranadas de sus ojos estaban ahuecadas con lágrimas.
Bueno, una noche en la batahola de D’Harcourt’s lo ví,
cuando de pronto abrieron la puerta y una mujer se paró en el umbral,
una mujer agazapada como un perro, con rostro blanco y demacrado,
una criatura rota, la columna torcida, hija de la Desesperación.
Miraba y miraba, mientras en su pecho sostenía una flor marchita,
“¡demasiado tarde, demasiado tarde!… Están todos muertos” la oí decir.
Y una vez más sus ojos cansados giraron y giraron por la habitación,
“ninguno de los que conocía…” giró para irse…
Pero rápido ví al hombre viejo comenzar: “¡Ah no!” gritó,
“no todos. Oh, María Toro, reina de las reinas, ¿no recuerdas a Pablo?”

“Oh María, María Toro, en mi buhardilla cerca del cielo,
donde muchos días y noches me acurruqué sin siquiera una corteza de pan para comer,
una imagen cuelga sobre la pared que una fortuna no podría comprar,
un retrato de una chica cuyo rostro es puro, dulce como un ángel”.
La mujer lo miró tristemente: “¡Compañeros!, es verdad” dijo ella,
“aquella pequeña doncella, la conocí una vez. Hace mucho tiempo… está muerta”.
El fue hacia ella, para apoyar su mano en su brazo malogrado:
“Oh, María Toro, ven conmigo, aunque sea pobre y enfermo.
Por los viejos tiempos no puedo soportar verte venir para dañar,
¡Ah!, hay recuerdos, sabe Dios, que nunca, nunca mueren…”.
“¡Demasiado tarde!” suspiró, “viví mi vida de esplendor, y vergüenza,
fui adorada por hombres de poder, toqué la altura más elevada,
he despilfarrado oro como montones de polvo, oh, he jugado el juego,
he tenido mi lugar dentro del sol… y ahora enfrento la noche.
¡Miren, miren!, vean que he perdido toda esperanza, vivo sin importar cómo…
para beber y beber y así olvidar… eso es todo lo que me importa por ahora”.

Y así fue por su camino desatendido, y toda nuestra ayuda fue en vano.
Ella se arrastraba con su chal hecho jirones y la remera corroída por el barro,
ella mordió una costra y durmió bajo los puentes del Sena,
una cosa de basura, un compuesto de alcohol y suciedad.
Los estudiantes aprendieron su historia y los cafés la conocían bien,
el Pascal y el Panthéon, el Sufflot y Vachette,
se arrastraba por las mesas con las flores que intentaba vender,
una máscara viviente de la miseria que nadie olvidará.

Y entonces la semana pasada la extrañé, y la encontraron en la calle,
una mañana temprano, acurrucada, por que hacía un frío gélido,
pero cuando levantaron su chal raído su rostro estaba rígido y dulce,
algunos restos de flores rotas estaban aferrados a sus manos congeladas.
Eso es todo… Ah sí, dicen que vieron sus ojos azules bien abiertos,
estaban hermosos con alegría nuevamente, con sorpresa radiante…

La semana pasada rogó por pan, le compramos una piedra,
y un lugar pacífico en Père-La-Chaise donde estará bien sola.
Dicen que costó la corona a un rey, oh, ella no estaría orgullosa de ello,
¡si pudiera ver las coronas de hoy, los coches y la multitud!
Así seguimos, seguimos, seguimos adelante con el paso sobrio y lento,
por María Toro, niña abandonada y reina de reinas, está muerta.

traducción: Hugo Müller

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