Kathleen

Fue el vapor Alice May que navegó la espuma del Yukón.
Y tocó en cada campamento del río desde Dawson hasta Nome.
El capitán Silas Geer fue su constructor, propietario, piloto,
que lo llevó a través del colérico hielo, el último bote del año,
que remendó sus grietas con sacos de hule e hirió sus tuberías con alambre,
y cortó el abeto en las orillas para alimentar el fuego de la caldera,
que la dirigó a la corriente y resistió porfiadamente su poderoso flujo,
y la hizo husmear en pequeños arroyos donde ningún otro iría,
que alardeó que ella tenía un calado tan pequeño,
que podría andar por tierra si hubiera rocío en el pasto,
con corazón galante y con la mitad de un inicio su pequeño bote hubiese pasado.
Sí, los barcos pueden venir y pueden partir, pero firme todos los años
el Alice May zumbaría con el capitán Silas Geer.

Ahora, el capitán Geer nunca había tenido miedo
y podía engañar al diablo,
tenía una úlcera gástrica y su comida era mayormente leche.
También tenía una vaca Jersey para abastecerse,
tan suave, mansa y elegante, su nombre era Kathleen.
Así amaba tanto su fuente de alimentación
que a todos lados donde iba el capitán la vaca lo acompañaba,
y aunque sus cuartos de dormir eran ridículamente estrechos
ataba una sección para hacerle una casilla a Kathleen.
Así cada mañana ella lo despertaba con un melifluo mugido
y él iba y le daba palmaditas en la nariz y despertaba a la tripulación.
Entonces, cuando terminaba su navegación diaria y la amarraba en la orilla
ella respiraba sobre su almohada hasta que él se sumía en suave adormecimiento.
Así río arriba y río abajo los campos sembrados permitían
un cuadro conmovedor, el capitán Silas y su vaca.

Ahora, mientras el capitán fumaba su pipa y Kathleen masticaba su rumia
vino hacia él una poetisa, la señorita Belinda Budd.
Ella dijo “Escribiría una novela épica sobre este poderoso vapor,
y en tu barca elegante sería romántica como un sueño”.
Algo sorprendió al capitán que la contemplaba y sacudió su cabeza,
él dijo “ Lo siento, señorita, pero no llevamos pasajeros”.
Mi barco es un carguero, no tenemos comodidades para mujeres,
mi cabina es el único lugar privado.
Tiene ocho pies pequeños de pared a pared,
y de cualquier modo no tengo espacio para derrochar,
la mitad lo comparto con Kathleen, esa es mi vaca”.
La dama suspiró, luego replicó suavemente: “Amo su escena de Yukón,
Y en su honor tomaré su lugar, y me acomodaré con Kathleen.”

Bueno, ella estaba tan mortalmente dispuesta a ir que el capitán dijo:
“¡Por el demonio! Me gusta su arrojo, usted tome mi litera y yo acamparé en el muelle”.
Así pasaron los días cuando con un suspiro ella fue a buscarlo de nuevo:
“Oh, Capitán Geer, Kathleen es un amor, ¿pero tiene que mugir?
En la mañana temprano ella aullaba sobre la bocina del motor,
y toda la noche sin respiro ronca sobre mi cabeza.
Sé que es verdad que ella es su dote, parece que extraña su sonrisa,
se inclina tan cerca que vivo con temor que intente besar mi frente.
Su apego cariñoso hace muy duro que mi Pegaso se estimule,
oh, por favor, sea amable e intente buscar otro lugar para ella”.

El capitán Geer estaba falto de alegría, su rostro estaba satinado de tristeza,
se rascaba la cabeza. El dijo “No hay otra pulgada de espacio.
Ya hemos empacado la carga,
está guardada y apilada en equilibrio, aún en el muelle.
Hay siete marinos salados, y están durmiendo cuello a cuello.
Lo siento, señorita, el beso de Kathleen ha puesto a volar a su musa,
supongo que sus ojos ámbar la abstraen cuando escribe.
Solía amarlos orbitando brillantes sobre mí,
y cuando masticaba mis pitos no puede calcular mi alegría.
No soy para nada poético, ¡por Dios!, adivino su situación,
trataré de pensar cómo resolverlo esta noche”.

Así, mientras en su camarote la pálida y cansada autora Budd lamentaba su destino,
Kathleen se sedaba encima de ella masticando su heno,
y mientras buscaba con el cerebro distraído un rumbo firme donde encaminarse,
aún encontrar un plan, un hombre preocupado era Silas Geer, el capitán.
Entonces se puso súbitamente alerta, le gritó a su compañera
“Hola Patsy, presiona a nuestra poetisa para que se trepe al muelle y espere.
¡Hip-hip, hurra! Salúdala, sé divertida y nunca más te desesperes,
mi búsqueda está coronada, por diablos, he encontrado una respuesta a su oración”.

Al grito de Patsy como una gacela contenta vino saltando la poetisa Budd,
no más abandonada, con esperanza y renacido su rostro por la corriente espumosa,
mientras bajo la escalera, con aire ansioso fue visto desaparecer
como un inspirado (por el genio expulsado) exultante capitán Geer.
Luego vino arriba con los ojos en llamas y un honesto fulgor en el rostro y oh,
cuan fuerte rió mientras orgulloso la condujo abajo.
“Ahora debería escribir de día o de noche sobre nuestra escena de Yukón”, gritó él
“porque he clarificado el problema de Kathleen.
He pensado mucho, luego como un rayo encontré el remedio:
dejé libre su soga y la agité a la adorable criatura alrededor.
Su mugido ya no la molestará más, dormirá bien descansada ahora.
¡Mire, señorita, mire! Le estoy dando… la cola de la vaca”.

traducción: Hugo Müller

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