El viejo sillón

En todos los pubs desde Troon a Ayr
el padre del abuelo departiría con Bobby Burns,
un par sediento, el vaso tintinea y a menudo,
cuando no están demasiado locos,
rugen una o dos estrofas indecentes,
desde la marihuana de medianoche al rocío de la mañana,
y beber y beber.

Y el abuelo, con ojo brillante y orgullo apropiado,
a menudo mostraría un viejo sillón donde hace mucho tiempo el Bardo se hubiese sentado,
recitando allí con ladina alegría
“la chica que hizo la cama para mí”
o silbaría una rima sobre la mosca que nunca fue escrita.

Luego buscaría la silla del Poeta y plantaría mis nalgas escocesas allí,
y leería con diversión al Bardo de Ayr en mi propia lengua,
el día, la margarita y la sabandija
la liebre, la comida y el ratón (¡qué fornicación y parranda!)
cuando era joven.

Aunque Kipling, Hardy y Stevenson se ganaron cada uno mi admiración,
hoy mis rimas casi corren, mi fantasía gira hacia aquel que señaló a Pegaso para mí,
bardo de mi tierra natal, el pecador mejor amado de Dios, el raro Robbie Burns.

traducción: Hugo Müller

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