Cachemira está lista para la hecatombe

El conflicto entre India y Pakistán en la región de Cachemira siempre fue contemplado como una hermosa oportunidad para acabar con el mundo de una puta vez. Ambos países son potencias nucleares, sus gobiernos han dado suficientes muestras de mala voluntad, perversión o incompetencia, y no han podido sofocar el conflicto que, además de dos guerras entre los países, genera miles de muertos por año, acicateándose los afanes independentistas de grupos enraizados en el fundamentalismo islámico más extremo, con fuertes sentimientos anti-hindúes (Calvo, 2018, Cachemira, la crisis permanente, en rebelion.org).

Más allá de los reproches históricos, las políticas del ultraderechista Narendra Modi, demagogo nacionalista puesto a sueldo por Washington, están dirigidas a exterminar a estos grupos catalogados como terroristas, simplemente por responder con violencia a los crímenes y asesinatos de las fuerzas policiales y militares indias a lo largo de la frontera con Pakistán, que se asemejan notablemente a los perpetrados por el ejército israelí en tierras palestinas desde que se afianzó su amistad con Netanyahu. De hecho, a Nodri le encanta azuzar de manera constante a la comunidad musulmana, una “minoría” de 130 millones de fieles en la India. Y los invita a irse del país si no quieren perecer sofocados por la “garra” hindú.

Los habitantes de Cachemira están cansados de los abusos de las fuerzas de Nodri, no les importa residier en la zona más militarizada del mundo. El sábado pasado los muyahidines de Lashkar-e-Toiba (Ejército de los puros), que quieren pertenecer a Pakistán, emboscaron en Mujgund a una patrulla de policías indios y los acribillaron fácilmente. Los encantadores jóvenes de pueblos del Himalaya enclavados en una región de crucial relevancia geoestratégica, odian a los policías hindúes y abrazan con fervor la causa independentista. Nodri no es para nada gandhiano y las cosas se le están yendo de las manos en varios estados. Igualmente, el control de la Cachemira hindú se le está haciendo áspero. Apelando a tácticas israelíes de tortura y manipulación mediática, actúa en pos de sus objetivos. Para ello cortó el servicio de Internet en toda la región, para que cesen las convocatorias a las revueltas en las redes sociales, además de incendiar las viviendas de los líderes muyahidines.

Las autoridades de Nueva Delhi informaron orgullosas que lograron matar a dos jóvenes cachemires, Mudasir Rashid Parray de catorce años, que recién se había unido al grupo terrorista, y Saqib Bilal Sheikh de diecisiete. También mataron a un pakistaní llamado Alí, que reclutaba militantes en la ruta Srinagar-Bandipora.

Modri no calculó que de los 14 millones de habitantes que tiene Cachemira, el 95% practica la religión musulmana, y que lo hacen siguiendo a los teólogos más fanáticos y radicalizados, manteniendo la tradición del otrora principado. Cuesta mucho insertar el yoga y los ritos de Buda en la nación cachemira. Y esto no se logra con asesinatos de mártires adolescentes, como el del carismático Burhan Wani, a quien Modri le atribuyó lazos con ISI (los servicios de inteligencia pakistaníes moldeados por los británicos). En 2017 fueron eliminados más de doscientos militantes del Ejército de los Puros y sus compañeros están rabiosos, anhelantes de venganza.
Burhan Muzzafar Wani había ingresado a lo organización en 2010 a los quince años, y a partir de sus habilidades de internauta hacía unas convocatorias masivas que le redituaban ingresos y combatientes al Partido de los Guerreros Santos. Modri le puso un precio económico a su cabeza y uno de sus mercenarios logró bajarlo de un hondazo en un enfrentamiento en la aldea de Bumdoora. Tras la muerte del joven muyahidín, mientras era enterrado en una procesión de casi 200.000 personas, se realizaron grandes manifestaciones en Srinagar, produciéndose un estallido social que provocó más de 120 muertos a manos de la policía hindú, y donde aún rige el toque de queda. Tral, el pueblo donde nació Wani, es hoy un cuartel militar y a los vecinos se les prohíbe aún salir a la calle. Esto no ha evitado que en todos los pueblos y aldeas del Himalaya se sumen cientos de combatientes todos los días, dispuestos a derramar su sangre por la libertad de sus pueblos.

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