El actor

La multitud estaba entusiasmada de saludarlo con deleite,
el vino estaba brillante, la risa alta y gloriosa la noche.
Pero cuando al amanecer se marchaba con el eco de su alegría,
hacia donde descansaba su pequeña hija, entonces lo supo: Miedo.

¡Qué extrañamente silenciosa estaba la casa!
Se arrastró en punta de pies hacia la cama,
y allí ella reposaba como si durmiera con velas a su cabeza.
Su madre murió para darle nacimiento,
ella era un ángel, para él lo más querido de la tierra…
¿Cómo podía ser?

‘¡Oh Dios! Si ella sólo pudiera vivir’, pensó con amarga pena,
‘qué agradecido daría mi gloria y mi ganancia.
He hecho muchos papeles, y muchos con reconocido triunfo,
pero aquí hay uno que me rompe el corazón, y lo actúo solo’.

Junto al silencio de ella su aliento salía con un sollozo y suspiro.
El balbuceó: ‘Dulce, juegas a la muerte… Soy yo el que muere’.

traducción: Hugo Müller

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