La venta de subasta

Su pequeña cabeza emergía por el alféizar,
quizás ella estaba montada en un taburete,
se apretaba contra el vidrio, como los niños,
y nos observaba jugando, ¡oh, tan nostálgica!
Y entonces la perdí por un mes o dos,
y pensé ociosamente: “se ha ido, sin duda”
hasta que un coche fúnebre se detuvo junto a la puerta…
Ví cómo transportaban un pequeño ataúd.

Y luego de eso, solía ver hacia la oscuridad,
otro rostro que contemplaba detrás de la persiana:
los ojos de una esposa joven mirando ansiosamente,
luego apurándose a donde se estaba cocinando la cena.
Solía tragarla sola, supongo, dentro de su corazón la tristeza de la desesperación,
y cerca de la medianoche oiría vagamente un paso tambaleante, un tropiezo en la escalera.

¡Esos pequeñas dramas del día común!
Un hombre débil de voluntad y condenado a fracasar…
La ventana está vacía ahora, se han ido, y allá veo sus muebles en venta.
Su puerta está ampliamente abierta a todo el mundo,
y los cazadores de gangas merodean el lugar,
y espían y se regodean como buitres con ojos ávidos,
sobre el cadáver de lo que una vez fue un hogar.

Tan reverente voy de una habitación a la otra
y veo el cuidado paciente, el toque de ternura,
el amor que buscaba brillar en la oscuridad,
el coraje de la mujer puesto demasiado a prueba.
En medio de aquellas cosas tan íntimas y queridas,
donde ahora invade la chusma con pasos brutales, pienso:
“¡Qué felicidad está enterrada aquí, qué sueños marchitos y qué esperanzas muertas!”.

Oh, querida mujer, ¡eras dulce y agradable sobre el revestimiento de tu pequeño nido!
¡qué ponderaciones e ideas orgullosas tuviste!
¡qué visiones de un altar de paz y descanso!
Ahí está su silla simple sobre los harapos,
su lámpara de lectura, su caja de tabaco en la pared,
todo lo que podía diseñar para confortarlo,
y aún así no lo podría soportar con todo.

¡Ah, paciente corazón, que alegrías domésticas planificaste
para hacer que se quede junto a la llama del hogar!
Aquellos almohadones de seda que trabajabas a mano cuando tenías tiempo,
antes de que llegara el bebé.
Oh, cómo tejiste a su alrededor hechizos cómodos,
¡y lo organizaste tan duramente para mantenerlo en casa por las noches!
Sí, cada retoque y giro dice alguna historia de dulces conspiraciones y delicias muertas.

Y aquí sobre el estropeado taburete del piano,
atadas en un bulto estan las canciones que cantaste,
los manteles que trabajaste en algodón coloreado,
el encaje español que hiciste cuando eras joven,
y montones de novelas modernas, reimpresiones baratas,
y delicadas chucherías por todas partes,
y arcos de seda y cortinas alegres…
Y oh, ¡su pequeña cuna, su silla plegable!

Querida dulce mujer,
¿y tu corazón no se quebró al dejar este precioso hogar que hiciste en vano?
¡Pobres cosas raídas!, tan preciadas en aquellos viejos tiempos,
con todos sus recuerdos de amor y dolor.
¡Compañeros!, mientras grita el estridente subastador,
y damas con cara de rata fisgonean por todas partes,
el eco de la vieja alegría es todo lo que escucho,
todo, todo lo que veo es angustia y desesperación.

traducción: Hugo Müller

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