La beatitud de la ignorancia

Cuando Jack tomó a Nell en sus brazos sabía que estaba actuando mal,
y lo pensó mientras disfrutaba de los encantos de su novia Jill.
“Pobre querida”, suspiró él, “sueña conmigo, no debería actuar de este modo,
pero después de todo, ella no puede verlo, y la ignorancia es beatitud”.
En aquel momento Jill todavía estaba abrazada estrechamente a Fred
y sólo un poco triste por el cariñoso Jack en el que pensaba.
“Pobre querido”, susurró ella, “me ama tanto,
¿y qué es un pequeño beso?, o dos o tres, el nunca lo sabrá,
y la ignorancia es beatitud”.

Ahora en el devoto matrimonio todo está bien,
aunque en su lecho nupcial el pensamiento de Jack se extraviará en Nell,
y el de Jill en el apuesto Fred.
Aún cuando en fantasía pueden flirtear no hay demasiado mal en ello:
lo que no saben nunca los herirá, sí, la ignorancia es beatitud.

traducción: Hugo Müller

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