Niño hombre

Estaba echado todo el día sobre la arena

cuando el sol de verano brillaba,

y dejaba que los granos se filtraran a través de su mano con deleite infantil,

simplemente como un niño, tan suave y hermoso,

aunque él tenía veinticinco,

un inocente que mi cuidado de madre mantuvo vivo por tanto tiempo.

 

Oh, es duro cargar una cruz por veinticinco años,

un hijo bobo y la pérdida del marido

son penas que derraman lágrimas.

Pero igual él era bello y luminoso,

aunque apenas podía caminar,

y cuando señalaba al mar

su habla era como la de un bebé.

El hombre que amé se ahogó allí

cuando teníamos diez semanas de casados.

Es amargo y duro soportar a un muchacho

cuyo padre fue la muerte.
Y ahora le entrego mi vida a él porque me necesita tanto,

y mientras lo veo mi visión se oscurece con lástima, amor y pena…
Luego, de pronto lo veo levantarse,

alto, fornido y sereno… ¡Sí!

Ahí está parado delante de mis ojos,

el hombre que debió haber sido.

“Mi querida madre” lo oigo decir,

“la maldición que me ató rápido

ha sido barrida por algún milagro

y toda tu pena es pasado.

Ahora soy fuerte, sano y libre
y deberías tener tu recompensa,

porque así como me amaste y cuidaste

yo te amo y cuido a tí”.
Sus besos aplacan mi pena,

su abrazo es el paraíso…
Entonces, entonces lo miré nuevamente con terror en mis ojos:

Se hunde en la arena, y pesada cae su cabeza,

los granos dorados se escapan de su mano…

lo sé, mi muchacho está muerto.
traducción: Hugo Müller

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