Pobre Pedro

Pedro, el flautista ciego, solía tocar arriba y abajo en la ciudad,

a menudo lo encontraba en mi camino,
y le lanzaba una moneda de lástima.

Pero en medio de sus tonos chispeantes,

su oído era tan rápido como el de cualquiera

para atrapar en los adoquines el tintineo de mi centavo.
Y como en un día que brilló tocó una alegre medida:

“¡Qué bien tocas!” me aventuré a decir,

Pobre Pedro resplandecía con placer.

Piensen que mis palabras de alabanza fueron toda la paga que necesitaba,

se despertó el artista en el músico, el centavo permaneció desapercibido.
Ahora llegó el invierno, el viento es agudo,

su abrigo es delgado y andrajoso,

¡aún escucha! Está tocando de trino en trino,

como si su música importara.
Y de algún modo, a pesar de que la ciudad

parece hundida a través de las sombras,

él te hace pensar en arroyos cantantes,

en alondras y prados soleados.

¡Pobre tipo! Suele morirse de hambre, dicen,

bueno, bueno, puedo creerlo,

porque cuando arrojas una moneda en su camino,

deja que algún chico de la calle la robe.

Me temo que a la noche se congela,

hace tiempo que me arrepiento de la alabanza,

¡todavía mira!, su rostro está todo iluminado…

El ciego Pedro parece contento.
traducción: Hugo Müller

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