El tonto

“Pero no está jugando”, dijo él y cerró sus libros,

“el latín y el griego que tengo en mi cabeza

harán el día más insoportable”.

“¡Basura!” grité, “la llamada del clarín no es para los muchachos de la escuela”.

¿Piensan que escuchó? Oh, no, para nada: así que lo llamé tonto, un tonto.

Ahora ahí está su perro junto a su cama vacía,

y la flauta que solía tocar,

y su bate favorito… pero Dick está muerto

en algún lugar de Francia, dicen:

Dick con su rapto de canción y sol,

Dick, el de pelo amarillo,

Dick, cuya vida recién había comenzado
frío cadavérico allá afuera.

Veo sus premios todos en fila:

seguramente un indicio de fama.

Ahora él terminó con todo, nada para mostrar:

¿no es una vergüenza?
¡Vean desde la ventana!

Todo lo que verán era su único día:

bosque y surco, prado y césped,
y él va y se encamina lejos.

Se va lejos para morir en la oscuridad:
alguien lo vio caer, parte de él barro, parte de él sangre,

el resto de él, nada.

Y aún apuesto que nunca tuvo miedo,

mientras iba como los mejores de ellos fueron,

su mano estaba aplastada sobre su daga rota,

y su rostro estaba dirigido al enemigo.

Y lo llamé un tonto… ¡oh, qué ciego había sido!
Y con la copa de mi pena rebosante,

¿la gloria de Inglaterra nunca morirá mientras nosotros lo admiremos?

Mientras tengamos esa pasión por los tontos audaces que,

desdeñando la fortuna y la fama
salieron con el grito de guerra de sus escuelas,

sólo para inclinarse a participar en el juego.

¡Un tonto, ah, no! Era más que sabio.

De él era la parte más orgullosa.

Murió con la gloria de la fe en sus ojos,

y la gloria del amor en su corazón.

Y aunque nunca haya una tumba para contarlo,

ni una cruz para marcar su caída,

gracias a Dios sabemos que “batalló bien”

en el último gran Juego de todos.

 

traducción: Hugo Müller

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