Descubren nuevos restos del Che en Samaipata

Mientras todo el mundo cree que los huesos del famoso guerrillero argentino Ernesto Guevara Lynch fueron repatriados por las autoridades cubanas, y sepultados luego en la lacónica Santa Clara, en un rincón del barrio sur de esta turística y coqueta localidad boliviana se han hallado unas manos, y un rostro serio y sonriente, conservados en una heladera, sumergidos en un balde de plástico relleno de formol.

Encandilados por los hallazgos de equipos fenomenales de antropología forense, capaces de distinguir en la boca de una calavera la falta de una pieza molar compatible con la estructura bucal de Guevara, los expertos y peritos se concentraron en aquella osamenta N°2, que conservaba los restos más completos, sin las huellas crueles de la descomposición de la carne. El esqueleto del Che lucía una chaqueta verde olivo sobre el torso y la pelvis aún tenía pegoteados pedazos de un cinturón de cuero marrón. La prominencia de los arcos superciliares coincidían con la curva de la frente del líder cubano-argentino.

A la hora de caer asesinado por unos soldados bolivianos que coqueaban día y noche, acicateados por los entrenadores de la CIA, metida hasta los tuétanos en los asuntos bolivianos y la persecución del glorioso doctor revolucionario, enemigo de sus intereses en América Latina y todo el mundo, poniendo su cuerpo incluso para defender el continente africano; el guerrillero demostró su característica valentía y trató de darles ánimo a sus asesinos. Hasta esa deferencia tuvo con aquellos pobres soldados carentes de espíritu e hidalguía.

Luego los mandamases de Washington ordenaron incinerarlo pero no hubo tiempo ante la sublevación de los pueblos vecinos, y el enojo de los campesinos que comenzaban a amar la mística del patriota lationamericano. Tuvieron que arrojarlo en la misma fosa común que habían cavado para sus infelices compañeros, entre los que destacaba el peruano Inti Pereda, y un bravío vietnamita que se había juramentado liquidar al ejército yanqui. Sobre aquel terreno los militares bolivianos decidieron erigir el aeropuerto de Vallegrande, pensando que la leyenda quedaría sepultada ahí. No contaron con la intervención de Miguel Regúlez, un guerrillero con binoculares chinos que vio y espío toda la operación de sepultamiento. En una noche fría y lluviosa, con la pala al hombro, cavó y desenterró las manos y la cabeza del Che para despojarlo del olvido y preservarlo del ataque del capitalismo y el mercantilismo a su estoica figura. Regúlez se radicó en Samaipata con una chola simpática y decidió guardar su secreto a la humanidad. Sin embargo, a pesar de esta aparición súbita, y la probable ola de reliquias que la sucederá, el discurso de Fidel el día de la inauguración de su memorial merece ser recordado para la eternidad:

«Con emoción profunda vivimos uno de esos instantes que no suelen repetirse. No venimos a despedir al Che y sus heroicos compañeros. Venimos a recibirlos. Veo al Che y a sus hombres como un refuerzo, como un destacamento de combatientes invencibles, que esta vez incluye no sólo cubanos, sino también latinoamericanos que llegan a luchar junto a nosotros y a escribir nuevas páginas de historia y de gloria. Veo además al Che como un gigante moral que crece cada día, cuya imagen, cuya fuerza, cuya influencia se han multiplicado por toda la tierra. ¿Cómo podría caber bajo una lápida? ¿Cómo podría caber en esta plaza? ¿Cómo podría caber únicamente en nuestra querida pero pequeña isla? Sólo en el mundo con el cual soñó, para el cual vivió y por el cual luchó hay espacio suficiente para él.»

Y este mundo por ahora, cincuenta años después de su muerte, no se divisa en el horizonte. Que los restos del Che se conviertan entonces en combatientes, porque ya es hora de apurar su regreso, ya es hora de que los pueblos latinoamericanos se saquen de encima a sus asquerosas elites gobernantes, bajo la estricta vigilancia del imperialismo yanqui, que está más vivito y coleando que nunca en la historia.

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