Una historia del piso trece

Las manillas del reloj estaban llegando alto

en un viejo hotel céntrico,

lo menciono sin nombre,

pero su sórdida fama es charla de mesa en el infierno.

No nombro ningún nombre,

pero la propia llama del infierno

ilumina el lobby chillón,
una trampa dorada justo saliendo de Times Square

para doncellas de la parroquia.

La puerta giratoria barrió el suelo mugriento

como una crinolina grotesca,

y un humilde hombre de un viejo arrabal
se arrastró furtivamente a través del escritorio.

Sus pasos se filtraron hacia el ascensor,

como se desliza un cuchillo en una vaina,

sigiloso y veloz en el ascensor

como un vampiro en una cripta.
El Viejo Maxie, el muchacho del ascensor,

estaba leyendo una oda de Shelley,

pero soltó la oda como si fuese un sapo

cuando la escopeta se apretó contra su pecho.

Luego vino un suspiro tan suave

como el barro en el lecho de un viejo canal:

“Llevame a la suite de Pinball Pete,

la rata que traicionó a mi chica”.
El ascensor se levantó con gemidos y suspiros,

como una duquesa para el vals,

luego en el eje del medio, como una duquesa tonta,

cambio su parecer y se detuvo.

El hombre muerde su labio mientras la nave aferrada a tierra

ni desciende ni asciende,

pero Maxie, el muchacho del ascensor

lo mira con ojos en llamas.

“Primero, para explorar el piso trece debería ser sabio” dice Maxie.

 

Dice el hombre “Hay musgo en tu doble cruz,

he estado en este camino antes,

he contado el piso en cada punto

y no hay un piso trece.

El arquitecto saltó directo del doce al catorce,

hay doce abajo y catorce arriba,

y nada en el medio
aunque la alimaña que vive en este hotel
nunca podría permanecer en el trece”.

Max dijo “Trece, ese piso obsceno

está oculto de la visión humana,

pero una vez al año aparece,

en esta Noche de Walpurgis.
Estás arriesgando tu alma en el rol de asesino,

escucha a los que pecaron antaño,

el camino que siguieron los apartó de Dios,

y los envió al piso trece,

donde aquellos que asesinaron, un conjunto espeluznante,

les reprocharán eternamente.

“Estamos más altos que doce y debajo de catorce”

le dijo Maxie al hombre,

“y la corriente enfermiza que mancha la aguja

es una bocanada del reino que viene.

¡La corriente enfermiza que mancha la aguja sopla a través del piso del infierno!”
y aplastó el pestillo como un parche de hongo,

y reveló el piso trece.

Eran cigarros baratos como horribles cicatrices

que brillaban en la rancia oscuridad,
la penumbra hervía como aceite de fusel

y el hedor del perfume rancio.

Y todo alrededor se arrastraba y hería una despreciable cadena de conga,
el cuadrado y el entorno en paso de bloqueo lento,

el asesino y el crimen.

(Porque las almas de las víctimas se elevan en lo alto

pero sus cuerpos permanecen abajo.)

Las almas limpias viajan a su hogar en el cielo,

pero sus cuerpos permanecen abajo

para perseguir al Caín que cada uno ha asesinado

hostigándolo aquí y allá.

Cuando la vida se extingue cada cadáver

es vinculado a su balbuceo asesino,

como un pollo es atado con alambre

alrededor del cuello de un vil asesino.

Esposado al Odio viene el Doctor Waite

(prueba el veneno ahora),

y Ruth y Judd y una cabeza de sangre

con cuernos sobre su frente.

Arriba se pavonea Nan con su abanico de plumas

de luminosa Floradora,

ella nunca espera por el Joven César

pero baila con él esta noche.
Aquí está la cadera abultada y el labio manchado de espuma
de perro loco, Vincent Coll,

y más allá aquel par de enfermos encontrados,
Becker y Rosenthal,
Aquí Piernas y el Holandés y una docena como esos

fanfarrones matones y brutos,

y cada uno se inclina bajo el peso de amigos

que están usando trajes de cemento.

Ahora el condenado se abre camino para la doble condena,

que emerge con paso lento

de la zona de pesadilla de personas desconocidas,

sin nombre ni rostro.

Y el pobre Dot King se aferra a uno,

alcanzado en una espantosa sacudida,

mientras Elwell hace una broma a una forma de duende
y le hace cosquillas con su peluca.

Ve a Rothstein pasar como el aliento sobre un vidrio,

el muchacho original, Black Sox, cambia de paquete

llevando a cuestas el asesino cuyo nombre oculta.

Y untada como salmuera en un cerdo asqueroso,
Starr Faithful, alguna vez bonita,
arrastra desde el mar a su libertino,
con la arena salada en su pelo.

Y todavía vienen, y del hombre se esparce el sudor frío,

sus labios blancos gritan como en un sueño

“¡Por el amor de Dios, vámonos!
Si alguna vez encuentro a Pinball Pete
no buscaré su sangre,
a menos que deba atravesar con él una sombría rueda de molino

en el espantoso piso trece”.

“Me alegro por tí” dijo la voz de Maxie,
“y te saludo para que te vayas en paz,

pues llego tarde para una cita de baile que jamás terminará.

Así que recuerda, amigo, por el modo en que te has encaminado,

eso te hubiese ocurrido,

pero he encendido la calefacción de Pinball Pete,

lo ves, ¡tuve una hija también!”

El hombre salió e intentó gritar,

pero la puerta golpeó en su cara,

y silencioso como una piedra rodó hacia abajo solo

desde el piso del doble maldito.

 

Ogden Nash, traducción de Hugo Müller

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