¿Elecciones en Libia?: ¿resucita Kadafi?

por Alvaro Correa

El mariscal de campo libio Khalifa Haftar, de 74 años, estaba disfrutando de unas merecidas vacaciones luego de cumplir con la misión que le encomendaron la CIA y la OTAN de derrocar y asesinar a Kadafi, para luego sembrar el terror con torturas y ejecuciones a los defensores del extinto y carismático líder que llevó a Libia a ser el país más desarrollado del continente africano. Esta segunda parte de su compromiso, regir con mano de hierro un estado fallido en un país basado en una infraestructura tribal, le ha deparado varios dolores de cabeza. Lo que se dice, sufrió “la presión de los poderosos”, quienes suelen ganarse enemigos por todos lados. De modo que el general Haftar cogió a su esposa y le propuso irse a un spa en Jordania, con todos los chiches para los vejestorios que aman el dolce far niente. En semejante ambiente de relajación, mientras una angelical masajista estaba despertando su miembro de un sueño prolongado, le dio una apoplejía, por no decir clínicamente un accidente cerebro-vascular isquémico con honda afectación de su hemisferio cerebral derecho. Esto ocurrió ya hace diez días y desde entonces se ignora el paradero del mariscal colocado en Libia por los yanquis y franceses, que parecen conformar una yunta neoimperialista bastante abominable.

Algunos dicen que ya feneció en una clínica privada de París que atiende a funcionarios y ciudadanos de alta gama pero todavía nadie se sacó una selfie con el muerto. Otros creen que el rey de Jordania lo escondió y lo cedió a tribus hachemis que decidieron comérselo, como se hace con los traidores en aquellos parajes desde tiempos inmemoriales. Otra versión, más amante de las teorías o ideas conspirativas, difundida por los principales medios jordanos, indica que sencillamente Estados Unidos ha decidido sacarlo del juego y le dio refugio bajo una nueva identidad (ahora paquistaní) en un pueblito plagado de psicópatas en Utah. Lo único cierto, por el momento, es que toda información que se arrima sobre su destino es confusa y extravagante.

De acuedo con los archivos abiertos de la CIA Khalifa Haftar retornó a Libia en 2011 para encabezar la fechoría que terminó con el histórico gobierno de Kadafi, luego de un exilio en Estados Unidos de 20 años. Con el apoyo manifiesto de Egipto, los Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Turquía y Arabia Saudita, llegó a controlar la unidad armada más poderosa del país, el Ejército Nacional Libio (ENL), con sede en Tobruk. Respondiendo a sus jefes yanquis, acudió a París, Moscú y Roma, donde discutió tres cuestiones fundamentales: el fin de la guerra civil, el control de la ola de refugiados que desde puertos libios intentan llegar a Europa (se calcula que hay más de un millón esperando su oportunidad) y estabilizar la producción petrolera, ya que son muchas las empresas occidentales con importantes intereses en los yacimientos libios, los más importantes de África (Calvo, 2018, Libia: Réquiem por un traidor, en www.rebelion.org, p. 1).

Haftar nunca ha reconocido el Gobierno de Acuerdo Nacional (GNA) de Trípoli, impuesto por la ONU y encabezado por Fayez al-Sarraj, el candidato con mayores posibilidades de triunfar en las elecciones que, con el auspicio de Emmanuel Macron, se supone se realizarán en el transcurso de este año, aunque han sido consideradas por los analistas más listos como muy improbables.

La posible muerte de Haftar no sólo recrudecerá la violencia y afectará el mágico despertar que tuvo la industria petrolera a partir de 2016 (con el petróleo bien baratito, una ganga) sino que enrarecerá el panorama que involucra a un sinnúmero de organizaciones armadas actuando en el terreno, de disimil conformación tribal y con objetivos contrapuestos, entre las que destacan las odiadas por Occidente Al Qaeda y Daesh.

Sin Haftar, su ejército ya ha exhibido impúdicas divisiones internas que comenzaron a dirimirse a base de crímenes y poder de fuego. En pocos días la situación se ha tornado sumamente grave, sobre todo para los intereses de las compañías francesas y yanquis, ya que el ELN controla momentáneamente lo que se conoce como la media luna de petróleo del Golfo de Sirte, que cuenta con los cuatro puertos principales por donde sale la mayor parte de las exportaciones de petróleo. La producción petrolera alcanzó el millón de barriles diarios en 2017, luego de que, al comienzo de la guerra, disminuyera a 300.000. El petróleo es casi la única fuente de financiación del país (además de las subastas de esclavos, en las cuales participan ponderados millonarios, personalidades que salen entre los más influyentes del mundo en la revista Times). Dentro de este panorama, no se puede cerrar los ojos al hecho de que la mitad de los 6 millones de libios se encuentra debajo del umbral de la pobreza, sobreviviendo entre cadáveres y escombros.

El ENL, las fuerzas del traidor Haftar, han sido objeto de ataques espontáneos por parte de varias guerrillas y “señores” de la guerra que quieren apoderarse de los codiciados pozos petroleros en manos de empresas extranjeras. Habiendo quedado acéfalo, se teme que hasta un “lobo solitario” podría actuar ocasionando desastres humanitarios adicionales a los ya padecidos por Libia. Es que el mariscal arengaba fenómeno a su tropa, y en su mejor campaña llegó a poseer el 60% del país, incluida Sirte, desplazando a sus colegas del Daesh. Su más destacado rasgo como militar es no tomar prisioneros, sin importar su edad ni condición, ejecutando a todos sus rivales ipso factum, al instante de la confrontación bélica.

Los principales candidatos a heredar el puesto de Haftar son sus hijos Khaled y Saddam, cada uno al mando de poderosos regimientos. Otro aspirante es Awn al-Forjani, aunque se cree que le inocularon un cáncer que lo sacaría de la competencia. Además, está el general Abdessalam al-Hassi, quien se desempeña como jefe de operaciones y tiene aceitados contactos con generales de la OTAN, lo que le augura buenas expectativas. No se puede olvidar en la puja a Abdelrazak al-Nadouri, jefe de la región de Darna-Ben Jawad, que incluye la media luna de petróleo, y que dirigió el asedio asfixiante a la ciudad portuaria de Darna, donde la falta de víveres, combustible, medicinas y de atención médica, está poniendo en riesgo la vida de miles de personas. Otro aspirante al puesto de mariscal es el Jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea, Sakr al-Jarrouchi. Todos los nombrados vienen sufriendo atentados cerca de las bases militares donde residen. Seguramente, quienes sobrevivan tendrán la enorme responsabilidad de poner un poco de orden en el ENL, que si bien ha reconquistado Bengasi tras tres años de sitio y fuertes combates, aún no han eliminado pequeños (y heroicos) focos de resistencia que añoran los tiempos de Kadafi.

En definitiva, de llegar a concretarse las inverosímiles elecciones, el principal candidato que se perfila para conducir Libia es Saif al-Islam, hijo de Kadafi, quien pondría en marca no sólo la pacificación y recuperación económica del país, saliendo del abismo insondable en el que ha caído, sino un plan de venganza para ajusticiar a los asesinos de su padre.

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