El colonialismo francés está vivito y coleando en Mayotte

por Máximo Redondo

Para quienes aducen que estamos en una pos-posmodernidad, en una era de transición hacia el final de los días del sistema capitalista, para quienes creen que el modelo de democracia occidental se ha degradado y que el campo más importante de la política es Twitter o la TV, o ninguno, este artículo les resultará chocante, pues refleja que no se ha avanzado un milímetro desde el colonialismo: es decir, en términos de explotación laboral y saqueo de recursos naturales hemos retrocedido respecto del siglo XIX. Ninguna de las teorías neocolonialistas advirtió que el sistema de pillaje de las superpotencias sobre pueblos explotados se ha mantenido incólume, y que todas las guerras que se libraron en el siglo pasado y el presente tuvieron como motivo principal sostener el sistema colonial, a partir de la justificación de la venta de armas por parte de las mafias encarnadas en el poder de las grandes potencias. Donald Trump es un ejemplo de ello, en este sentido, no es más que un vulgar viajante de comercio, que vende armas y escándalos de su entorno de ricachón.

Pero aquí vamos a tratar otra historia, la de la pequeña isla de Mayotte, situado en un estratégico corredor del océano Índico, en la ruta del Cabo por la que se transporta el petróleo de Oriente Medio a los países occidentales. En el siglo XXI se descubrieron importantes yacimientos de petróleo y gas en el canal de Mozambique, lo cual instó a Francia a mantener sus fuerzas militares y navales en la región, y a perpetuar el estatus colonial de sus dominios de altamar. En efecto, el Estado francés se niega a devolver a Madagascar y Mauricio las Islas Dispersas, que también están situadas en el canal de Mozambique. Estos cinco islotes minúsculos, que juntos apenas suponen 43.2 kilómetros cuadrados, suponen para Francia el derecho a aguas territoriales. La suma de las aguas territoriales de Mayotte y de las Islas Dispersas le permite disponer de una ZEE (Zona de Exclusividad Económica) de 636.000 kilómetros cuadrados, es decir, más de la mitad de la superficie del canal de Mozambique. Algo parecido ha ocurrido en Malvinas, deonde ahora todas las reservas petroleras quedaron en manos de los ingleses, en otra muestra de coloniaje contemporáneo.

Cabe agregar que la República de Mauricio (no, no se trata de Argentina sino de otra turística isla del océano Indico), también le reclama a los franceses la soberanía de la isla de Tromelin, en tanto la República de las Comoras (isla vecina que declaró su independencia y por ello ha sido sometida a un bloqueo criminal por parte de la marina francesa), reclama al imperio galo la restitución de las Islas Gloriosas. Ante este panorama, Francia hace oídos sordos y maneja a su antojo el área, permaneciendo ilegalmente en Mayotte y formando parte activa en la desestabilización de la joven República comorense. Antes de abandonar esta isla, plagada de enfermedades raras que espantaban a los blancos europeos, los franceses dejaron un desastre, un país sumido en anarquía y la pobreza extrema, sin servicios de salud ni educativos. Por ello, miles de comorenses se desviven por cruzar a Mayotte, separada tan solo por 75 kilómetros. Mientras que en las Comoras la mortalidad infantil es de 59 por mil en Mayotte apenas alcanza los 15 mil. Mientras la esperanza de vida en la primera es de 63 años en Mayotte (¡territorio francés!) la esperanza es de 75. Estas diferencias explican flujos migratorios masivos, dramas humanos inenarrables de los 55.000 comorenses clandestinos en Mayotte, una cuarta parte de la población de la isla. El jefe de la confederación sindical de los comorenses describe su situación como “un islote de pobreza en un océano de miseria”. Francia, como Israel con sus masacres interminables de palestinos, fue condenada más de veinte veces por la ONU y ello no ha alterado un ápice su disposición y comportamiento de potencia colonial.  Tanto en Mayotte como en Polinesia o Kanaky, el colonialismo francés sigue siendo una obra estructuralmente viva y negativa. No es inútil recordarlo en una época en la que varios pseudointelectuales se atreven a sonreír y esbozar que existe una “obra positiva de la colonización” (Saïd Bouamama, 2018, Rebelión).

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