Atentado tras atentado en Afganistán: el Talibán y al Qaeda dan pelea

Por Máximo Redondo

Estados Unidos viene fracasando estrepitosamente desde 2001 en la creación de un “estado afgano”, invierte miles de millones de dólares en entrenar y capacitar al ejército y las fuerzas de seguridad afganas para que puedan dominar a la población y a los grupos sublevados, pero el tiro, como parece, le ha salido por la culata, si se consideran los miles de atentados que se perpetran en su territorio a ritmo vertiginoso, de los cuales ellos mismos han sido víctimas (de ahí la retirada de las zonas de combate, sobre todo con los talibanes, quien mantienen una fuerte prédica antiestadounidens).

El último atentado ocurrió el domingo pasado, en un centro de registro de votantes en Kabul, donde un militante suicida se inmoló para dejar 57 muertos y un centenar de heridos en su fatal acción. El hecho se produjo en el barrio Dasht-e-Barchi, donde se concentra la castigada minoría hazara, una de las escuelas chií. El terrorista se infiltró en una fila donde cientos de ciudadanos esperaban recibir la documentación que los habilitaría para votar en las legislativas del próximo 20 de octubre. A lo que se oponen los grupos integristas, principalmente el Daesh, que acusan de “herejes” y “politeístas” a los futuros electores (Calvo, 2018, Una manta demasiado corta, en www.rebelion.org).

Episodios de violencia similares, a los que los afganos están familiarizados, se sucedieron en una cadena tétrica. En la mañana del domingo, en las cercanías de la embajada yanqui,  se produjo una discusión de tránsito que involucraba a un convoy de fuerzas estadounidenses, lo que provocó inmediatas protestas de los moradores, quienes encontrar una oportunidad para expresarles sus sentimientos de odio y bronca a los soldados extranjeros. La policía afgana disolvió a los vecinos con varios disparos de armas de fuego. Lo cierto es que a los yanquis les cuesta cada vez más salir indemnes o ejercer su arrogancia ante el pueblo afgano, que está decidido a apedrearlos y repudiarlos allí donde se encuentren.

El ataque de Kabul fue revindicado por Daesh Wilāyat Khorasán, la franquicia de Estados Islámico con epicentro en Afganistán y Pakistán, que informó que el mártir Qari Omar al-Bishauri, un militantes fichado por los servicios de seguridad, tuvo una inspiración divina y logró dar en el blanco, afectando los planes del establishment con sus elecciones fraudulentas y espurias.

Los analistas afganos que vienen siguiendo desde 2001 los kilombos diarios que acontecen en el país, consideran que en los próximos días se van a intensificar los ataques a los centros electorales, tanto por parte de Daesh como del Talibán, que han hecho de 2018 el año más violento de la década, según reporta el general John Nicholson, comandante de la misión aliada Apoyo Decidido (Resolute Support).

Al igual que las elecciones libias, la cuestión está peliaguda y es poco probable que se intente otra farsa de votación en medio de ataques y actos de violencia criminales, que todos los días afectan la infraestructura y el normal desarrollo de la vida civil en Afganistán. Como dicen algunos especialistas, “no estarían dadas las condiciones de seguridad”.

El actual presidente Ashraf Ghani, mientras negocia un dudoso acuerdo de cese al fuego con los talibanes, casi tan hipócrita y cínico como el concretado entre Santos y las FARC, tiene que dar el gran golpe publicitario para el cual lo capacita John Smith, su asesor yanqui de inteligencia interna. –“Cueste lo que cueste hay que hacerlas, vas a ganar y la gente te va a empezar a respetar. Así sucede en Estados Unidos” –le explicaba Smith.

Más allá de este intrépido vaticinio, los comandantes pashtunes, que operan en la frontera afgano-pakistaní, tampoco están conformes con la “democracia occidentalizada” que quieren imponerles a uno y otro lado de la frontera. La etnia de los pashtunes, está dividida en 35 tribus y 180 clanes, reúnen al 40% de los 25 millones de afganos y un 20% de los 194 millones de paquistaníes. Los cinco grupos principales son los abdali, ghilzai, karlanris, sarbanis y ghurghushts, en las provincias de Waziristán norte y sur y en los territorios conocidos como Áreas Tribales Administradas Federalmente de Pakistán. Suelen hacer buenas migas con los talibanes y se entrenan juntos para lanzar ataques o atentados.

En sus proclamas leídas en urdú, su lengua ancestral, advierten que no se han de levantar en armas, pero que están dispuestos a enfrentar tanto al extremismo wahabita como al aparato militar y de los servicios secretos paquistaníes (ISI), quienes los acosan de manera permanente. Cualquier pashtún que sale de su territorio, además de ser investigado le es prácticamente imposible retornar a su aldea. El conflicto pashtún alcanza ribetes dramáticos en Pakistán, y seguramente se extenderá a Afganistán donde su voz es muy potente y pueden resultar un dolor de cabeza para los cascos azules y servicios secretos que se supone vienen aquí a desarticular bandas terroristas.

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