¡Mira lo que has hecho, Cristóbal!

En mil cuatrocientos noventa y dos alguien navegó el océano azul.

Alguien prestó la tarifa en España para un viaje de negocios en el límite principal, y para probar a la gente, con una prueba real,

que se podía alcanzar el Este navegando hacia el Oeste.

Alguien dijo ¡continúa navegando, continúa navegando!

Y estudió China y la jerga china, y gritó desde el bote,

¡ahí está China ahora!

Y abruptamente se enderezó a Santo Domingo.
Alguien murmuró, ¡oh querida, oh querida!
He descubierto el Hemisferio Occidental.
Y aquello, pueden pensar, mis amigos, fue todo.

Pero no lo fue. No por el casco de un bombero.

No lo dejaron solo demasiado bien,

y Colón sólo fue una piedra angular.

Allí fueron los españoles, allí fueron los griegos,

allí fueron los Peregrinos en bragas de cuero.

Allí fueron los holandeses, y los polacos y los suecos,

los persas también, y tal vez los medos,

los letones, los lapones y los lituanos,
rusos regios y maduros rumanos.

Allí fueron los franceses y allí fueron los fineses,

y los japoneses con sus sonrisas formales.

Vinieron los tártaros y los terribles turcos,

en una palabra, la humanidad disparó los trabajos.

Y el país que debió haber sido Catay se decidió que fuera los Estados Unidos.

Y aquello, pueden pensar, mis amigos, fue todo.

Pero no lo fue. No por el casco de un bombero.

Cristóbal Colón fue la piedra angular,

y demasiado bien no lo dejaron solo.
Para aquellos que lo siguieron cuando él había terminado,

ardían por descubrir algo también.

Alguien, aburrido con un escenario rural,

fue a trabajar e inventó maquinaria,

mientras un par de otros gigantes mentales se juntaron y pensaron la Ciencia.
Rubias platinadas (una vez fueron peróxido),

lazos peruanos y monóxido de carbono,

evasores de impuestos,

y vitamina A, vicios cruzados y chismerío gris
Aquello, con muchas otras fobias,

le debemos a aquel famoso 12 de octubre.

¡Oh, miseria, miseria, murmura y gime!

Alguien inventó el teléfono,

e interrumpió los sueños de una nación,

sonando equivocado pero con números similares.

Alguien diseñó la pantalla plateada, y la íntima revista de Hollywood,
y la vida es un Infierno de cámaras cliqueando,

Y damas extranjeras comportándose amorosamente.

Se levantaron bromas, un diálogo divertido,

mientras el gas ha reemplazado a la chimenea crepitante.

Todo lo que brilla es vendido como oro,
y nuestra dieta diaria crece cada vez más extraña,

y los desayunos son polvorientos y fríos,
es un niño sabio el que conoce su forraje.

Alguien inventó el automóvil,

y los buenos americanos tomaron la rueda

para ver los ríos y arroyos americanos,

y los justamente famosos bosques y colinas,

pero alguien igualmente emprendedor

había inventado la publicidad en carteleras.
Te quedas en casa en oscura desesperación,

y melancólico intentas el aire eléctrico.

Esperas contra toda esperanza un concurso imperial,

¿y que te han dado?
Un doctor serial.
Oh, Colón fue sólo una piedra angular,

y demasiado bien no fue dejado solo,

porque la Inquisición fue menos tiránica

que las reglas de hierro de una edad mecánica que,

por un error en 1492,

están aferradas como corsets sobre mí y sobre ti,

mientras los Niños de la Naturaleza, qué serían hoy

si Santo Domingo hubiese sido Catay.

Y aquello, pueden pensar, mis amigos, fue aquello.

Pero no lo fue, no por el casco de un bombero.

La gente americana, con sonrisas jocosas, siempre sobrevive a la dosis fatal.

Y aunque nuestros sistemas estén levemente temblorosos,

probablemente esta vez embaucaremos al doctor.
 

Ogden Nash, trad. Hugo Müller

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