Crueldad yanqui en Afganistán

por Alvaro Correa

Ante la derrota en el campo de batalla, las tropas yanquis en Afganistán siguen desquiciadas, cometiendo crímenes horribles contra la población civil. El que no muere en un bombardeo, atacado por un dron o por un terrorista suicida, se puede considerar suertudo, y ya no hay un puto afgano que no haya sido sometido a las vejaciones y humillaciones de la soldadesca gringa. La última novedad en este terreno es la publicación en redes sociales de un nuevo video que recopila actos de crueldad y de criminalidad inauditos por parte de las tropas trumpistas. Con un ritmo de fondo rapero y alegre música de hip hop, soldados estadounidenses disparan todo tipo de armas contra ciudadanos cuya inocencia y estado de indefensión se patentiza en las imágenes, desde un vulgar camionero a una agricultora, todos son víctimas de su barbarie. Acometen a los más inocentes y eluden el combate cuando saben que enfrentarán a combatientes comprometidos del yihadismo, y se cagan en los pantalones cuando les hablan del peligro talibán.

Por las noches, munidos de alcohol y drogas duras, los mercenarios yanquis salen a violar y asustar familias afganas, a cazar o perseguir terroristas para después torturarlos hasta la muerte con su música impura o su sadismo desenfrenado. Roban, mutilan y se solazan con el sufrimiento del pueblo afgano. Pueden hacer matanzas a sus anchas como en Vietnam, disputar territorios de amapolas para increcentar los dividendos de su narcotráfico. La DEA está muy preocupada por la devastación que generan el opio y la heroína en varios combatientes yanquis, pero parece que es una cuestión de “diversión de Estado”, de “hacerse el malo estúpidamente” cuando la guerra la tienen perdida desde hace rato, y cuando aún no se ha consumado la venganza por el crimen de Kaddafi en Libia.

El escenario en la provincia oriental de Nangarhar está caliente y explosivo. Allí el blondo líder yanqui lanzó su “madre de todas las bombas” que sólo provocó una destrucción más, del montón, de las que sufre el país a diario. Allí abundan los muertos y los fantasmas del pueblo afgano que parecen unirse para no entregarle un metro de territorio al estadounidense invasor. Algunos se repliegan a Pakistán y piden ayuda a imanes (sacerdotes) platudos, o planean un envío de armas chino o ruso, para que puedan defenderse de la maldad y la locura yanqui.

Entre otras correrías que planifican a diario los soldados apostados en el aparentemente invencible país asiático (al menos su ejército talibán), se destacan matar afganos inocentes alardeando que son el mejor ejército del mundo, bailoteando ritmos de Kendrick Lamar. También hay batallones enteros que se dedican a secuestros de taxistas o automovilistas, violación y trata de adolescentes de ambos sexos, recolección de partes de cuerpos de afganos acribillados, tropelías de villanos caricaturescos pero patéticamente reales. Así se comporta el Imperio en el país afgano, cuando empieza a oler su derrota y a planificar su huida despavorida. Ellos acusan a los terroristas de disparar masivamente contra mujeres y bebés pero son los campeones en tiroteos y masacres de poblaciones civiles, en siembra de terror y podredumbre cultural.

No es nuevo ni original denunciar la barbarie yanqui en Afganistán, hasta ahora no ha alcanzado con cientos de documentales y material fílmico producido y distribuido por ellos mismos, donde se constatan todos sus crímenes y su ideología de porquería. Pero con ello, luego de 17 años de guerra, no han logrado conquistar los corazones ni las mentes de los afganos hastiados de sus tiroteos, asesinatos e imbecilidad. En todos los casos, voceros del ejército anuncian que harán investigaciones sobre sus crímenes de guerra, las cuales terminan archivadas en cajones de vetustos batallones militares, o voladas por “oportunas” bombas y ataques de los talibanes, que aún pretenden rechazar al desalmado enemigo.

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