Yemen: “muy parecido al Apocalipsis”

Por Hugo Muleta

 

Así calificó Mark Lowcock (pene bajo), principal responsable del área de Asuntos Humanitarios de la ONU, la situación del sufrido país de Oriente Medio. A pesar de los juramentos de burócratas y plutócratas enfermos de poder, de que nunca más el mundo podía permitirse desastres como los de Camboya, Ruanda, Congo, República Centroafricana, etc., el hambre y diversas epidemias anexas, derivadas del bloque económico y militar impuesto por Arabia Saudita (y apoyado por Estados Unidos y su patota de la OTAN), hace rato han generado en el país un estremecedor paisaje apocalíptico. De acuerdo con cifras del Centro Legal para Derechos y Desarrollo de Yemen la agresión de Arabia y sus aliados, iniciada en marzo de 2015, ha dejado 35.415 víctimas civiles: 13.603 muertos y 21.812 heridos. La mayoría son campesinos tribales pobres y sus familias, sus mujeres y sus hijos, que dependen para sobrevivir de pozos cada vez más secos y profundos. Sin agua no podrán obtener alimentos, y las “ayudas humanitarias” del “mundo civilizado” son completamente insuficientes.

Los árabes se encarnizaron con la infraestructura petrolera y el sistema de salud yemení, que quedó destruido hasta sus escombros. Pero los yemeníes, rebeldes de alma por chúcaros, aprenden a manejar kalashnikovs a los 15 años y enfrentan salvajemente a los soldados y mercenarios saudíes.  Según Lowcock, de una población de 27 millones de habitantes 17 pasan hambre y 7 dependen de la ayuda humanitaria para subsistir, hallándose al borde del exterminio (para los chistosos, hablamos de millones de seres humanos).

Pero los hutíes resisten, favorecidos por el enfrentamiento de los sauditas con Qatar, y gracias al apoyo de soldados iraníes y chiíes que creen en la implantación de un gobierno popular en el país, y la caída de los jeques árabes y sus mafias siniestras. Esta postura los está colocando en la puerta del infierno, o la entrada del apocalipsis, según la perspectiva bíblica que se quiera asumir.

Los bombardeos aéreos, guiados con tecnología israelí se dirigen a sensibles centros de distribución de comida y combustible. La crueldad demostrada por los árabes en el genocidio llevado adelante no los avergüenza ni reparan en ella, todo sea por uno o dos barriles más de petróleo y más millones en las cuentas aseguradas en paraísos fiscales. La situación de muerte, anarquía y desolación que deja el fuego saudí estancó el conflicto en un pantano hediondo donde se condensa toda la miseria humana y el afán de lucro del capitalismo contemporáneo, que provoca guerras como ésta para que la industria armamentística continúe de parabienes.

Lo peor es que el apocalipsis del que habla Lowcock es funcional al sistema. El sueño de Londres de detener la guerra y reanudar sus negocios con los saudíes se ha hecho trizas. Estados Unidos, Francia, Canadá, Italia y España venden armas al nuevo príncipe, que espera poder consagrarse una vez que acabe de “conquistar” Yemen. El problema es que los hambrientos y desharrapados yemeníes responden con gruesos misiles y balas certeras.

En definitiva, el presente de Yemen refleja la impudicia de un sistema político internacional que obedece sólo a los intereses de las grandes transnacionales de la energía, la producción de automóviles y la alimentación. El resto son gangas para que disfruten las clases mierdas, de esas que se entretienen leyendo tranquilas en sus departamentos los apocalipsis y desgracias desatadas por gobernantes infames.

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