Noche invernal de un hombre viejo

Todo lo que estaba afuera lo contemplaba oscuramente a él,

a través de la fina escarcha, casi como las estrellas separadas

que reúne el reflejo en habitaciones vacías.

Lo que mantenía a sus ojos de devolverles la mirada

era la lámpara que titilaba cerca de ellos en su mano.

Era la edad lo que le impedía recordar qué era lo que

lo había traído a aquella habitación crujiente.

Se detuvo con los troncos a su alrededor, en un extravío.
Y habiendo atemorizado al sótano al marchar con pasos fuertes;

y asustando a la noche exterior,

que tiene sus sonidos familiares,

como el rugido de los árboles y el crujido de las ramas,

cosas comunes, pero nada como golpear sobre una caja.

Una luz que tenía para nadie excepto para sí mismo,

donde estaba sentado, atento a lo que sabía,

una luz silenciosa, y luego ni siquiera eso.

Se dirigió a la luna, así como estaba,

emergiendo tarde, a la luna rota mejor que al sol en cualquier caso,

para tamaña carga, su nieve sobre el techo,

sus carámbanos intactos en la pared; y se durmió.

El tronco que se movió con una sacudida en el hogar

lo perturbó y lo cambió, y suavizó su pesada y todavía dormida respiración.

Un hombre viejo, un hombre, no puede cuidar un hogar,

una granja, una frontera, o si puede,

así es como lo hace en una noche invernal.

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