Hambre y desolación en el cementerio de Juba

Por Azar Marley, corresponsal en Juba

Esta no es una noticia cualquiera, sólo es un retrato de la realidad construida por Estados Unidos y sus aliados en el corazón de Africa, como muestra del desastre y calamidades mayúsculas ocasionadas por su política exterior en todo el continente negro. De hecho, la cantidad de genocidios, golpes de estado, saqueos y violaciones a los derechos humanos de los que ha participado la principal potencia mundial supera fácilmente la centena, contándose las víctimas en millones.

Estamos en Juba, la capital de Sudán del Sur, más precisamente en su cementerio, ocupado por miles de refugiados de la guerra civil desencadenada en el país desde su mismo nacimiento, fruto de una división antojadiza de yanquis y europeos para quedarse con el petróleo, las fuerzas armadas y otras riquezas naturales sudanesas. Todos padecen hambre, enfermedades virulentas y han sido desplazados de sus hogares por hordas o etnias rivales. Pero el cementerio es el único sitio de la ciudad donde los niños pueden retozar entre los sepulcros y monumentos, e imaginar que se trata de juegos fantásticos, mientras los adultos entierran o incineran a los muertos en un fragor incesante.

Vivir entre los muertos ya se ha tornado una costumbre para esta gente, que enfrenta y conversa con fantasmas por las noches sin asustarse, procurando disipar los misterios del mundo y las causas de su situación catastrófica. La fetidez del ambiente no amilana a las familias valientes que hallaron frágiles construcciones abandonadas que les sirven de refugio cuando se desatan tormentas de arena o caen las bombas de la ONU. Los muertos se renuevan a diario, y cuando la comida que traen de vez en cuando los soldados no alcanzan recurren contentos al canibalismo, acicalando parrillas a los costados de las tumbas para cocinar la carne humana, aún tibia y con heridas abiertas.  “A algunos les gusta la carne cruda” –comenta nuestra guía por el cementerio de Juba.

Ya han pasado más de cinco años desde el inicio de la guerra en el país más joven del planeta, y no hubo un día de paz en que los refugiados del cementerio puedan disfrutar de su “transitoria” estadía en el reino de los muertos. La filosofía y religión de esta gente es muy sólida, y no están dispuestos a dejar sus lugares, sus tiendas y los microemprendimientos que han lanzado en la necrópolis, como la comercialización de ropa, baratijas, bebidas alcohólicas caseras, máscaras, niños y niñas muy buscados por los reclutadores de terroristas, recuerdos de la guerra, de sus ancestros y carpas donde nigromantes y amantes del vudú le vaticinan el destino a los despistados visitantes que acuden a llorar o sufrir con sus familiares extintos. Los enfrentamientos entre las tropas gubernamentales fieles al presidente Salva Kiir y las fuerzas leales a Riek Machar, el anterior vicepresidente, forman parte de la cotidianeidad de los sudaneses del sur. Los hospitales se encuentran en estado desesperante y el 99% de la población está dispuesta a huir del país para recalar en otros países con guerras menos cruentas.  Las aguas del Nilo, corroídas por los cadáveres que pululan en su interior, bordean los lindes del cementerio, confiriéndole un tinte profundamente melancólico. Es por ello que allí los vencedores pasajeros de la guerra, quieren erigir sus negocios, construir hoteles o fábricas de armamentos y desplazar a las molestas tribus que se han apropiado de “la casa de los muertos”.

Al recorrer las frágiles tiendas embarradas hasta la cima, puede observarse un grupo de mujeres que tienden y secan sus ropas sobre las lápidas y usan las urnas funerarias para almacenar enseres y cachivaches. Las cientos de agencias de ayuda humanitaria locales e internacionales instaladas en la capital no soportan contemplar la mugre y las condiciones deplorables de salud en que se encuentra la población instalada en el camposanto. Actualmente, la base de la alimentación de los refugiados sudaneses de Juba son latas de alimentos en conserva caducas, descartadas incluso por los supermercados de la zona.

Vista la situación calamitosa que hay en el cementerio de la ciudad, decidimos comunicarnos telefónicamente con el alcalde de Juba. Ante nuestra inquisitoria, sus palabras fueron simples y contundentes: “No es nuestro problema, de los desastres humanitarios se encarga la ONU”.

El alcoholismo y la drogadicción son moneda corriente entre los habitantes del cementerio de Juba. La pobreza y degradación humana que se cultivan aquí espantan a las ONGs más solidarias y desinteresadas del orbe. Y muchos jubanos han comenzado a desistir de la costumbre de visitar el cementerio. De hecho, para las autoridades, la mayoría de los instrusos son considerados como cadáveres, no cuentan como seres humanos, son la hez de la guerra de los extranjeros, o más bien del unilaterlismo yanqui (bancado por la OTAN y la ONU) en su era trumpista.

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