El Talibán: vivito y coleando

por Máximo Redondo

Tras 14 años de un emprendimiento bélico inútil iniciado por George W Bush, continuado por Obama y ahora apuntalado por Trump, el Talibán, los famosos guerrilleros afganos, fanáticos y anhelantes de recibir más tropas yanquis a los tiros, practican con confundidos y alelados policías locales de un gobierno títere que no controla nada. Es que el plutócrata presidente de Estados Unidos tiene varios frentes abiertos, y algunos complicándose severamente, como Corea del Norte, Rusia y China, lo que no es “moco de pavo” en los ambientes militaristas. Esta vez el ataque del Talibán fue a un centro de entrenamiento de la Policía en la ciudad de Gardez, provincia de Paktia, al sureste del país. Por ahora, los muertos ascienden a 53 (la mayoría cadetes) y 160 heridos.

Muradali Murad, viceministro afgano del Interior, declaró que afrontaron un ataque de hombres armados dispuestos a inmolarse por su causa, y a defender su territorio a uñas y dientes, propagando el credo y el estilo de vida talibán, que era más que pacífico antes de la invasión yanqui de 2001, a la cabeza de la OTAN, descuajeringando el país al igual que lo hicieron luego en Libia. Los atacantes vestían chalecos explosivos acompañados de armas ligeras, entraron al campo de entrenamiento y comenzaron a bajar cabezas. Las fuerzas especiales lograron abatir a dos atacantes y tras 8 horas de intensos tiroteos, controlaron la situación.

Zabiolá Muyahid, portavoz y líder del Talibán, reivindicó en Twitter el ataque de sus hombres. De todos modos, la familia policial no ha demostrado sorpresa, ya que habían recibido cuatro ataques similares con saldos menos cruentos, por debajo de los cuarenta muertos.

Como se puede apreciar, Afganistán sigue inmerso en una guerra múltiple y sin sentido. Lo más apreciado que tiene son sus campos de amapolas, que convertidos en heroína hacen las delicias de los soldados estadounidenses y de millones de adictos que la requieren en su país. De eso se tratan sus recursos naturales, y tal vez sea éste el principal motivo de la guerra de nunca acabar (la más larga de su historia) que sostiene Estados Unidos aquí, haciendo un desastre mayúsculo que sirve de ejemplo sobre cómo pueden acabar las aventuras bélicas del imperialismo estadounidense, en un pantano de inhumanidad y enajenación.

Ciertamente, desde que Trump asumió la presidencia se han intensificado las actividades terroristas, y el Gobierno títere afgano ha perdido al menos un 10% de territorio en manos ahora de los talibanes. Hasta el momento Trump le ha dedicado “la madre de todas las bombas”, cuyo efecto en términos prácticos fue nulo para el rumbo adverso en el terreno, ha enviado un refuerzo de 14.000 soldados para una guerra que vana y tontamente Obama simuló terminar, y ha abandonado la acción política y/o diplomática a favor de los consejos de sus asesores militares. Todo ello, para un conflicto bélico que es el más caro de la historia, que consume dinero y vidas humanas con una regularidad tenebrosa, sin que nadie sepa exactamente quién es el enemigo y cuál es el objetivo que hay que alcanzar. Primero fueron los talibanes, luego Al Qaeda y ahora al parecer el Estado Islámico. Con eso armaron una ensalada fenomenal para justificar gastos armamentísticos ad infinitum.

Desde 2001 hasta la actualidad, el promedio de combatientes yanquis que mueren por año en Afganistán es de 200, lo que implica más de medio muerto por día. Esto sin contar a los 2.300 que se han suicidado o provocado ataques incomprensibles en territorio estadounidense. No está mal para una guerrilla talibán que está entrenada para aguantar a todos los soldados estadounidenses y europeos que viajen a su país y a las bombas que Trump quiera lanzar. Ni un paso atrás para ellos, que están más fuertes que nunca, dispuestos a arrancarles de las manos a los yanquis los últimos campos de amapolas que les quedan.

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