La felicidad de los butaneses: negocio para pocos

por Alvaro Correa

Bután es conocido en el escenario internacional como el país más feliz del mundo, el que ha introducido un indicador de felicidad basado en nueve dimensiones con el cual se viene midiendo la felicidad de los países (más bien de los habitantes de los mismos). El secreto de la felicidad de los butaneses pareciera estar, según los analistas, en el espíritu budista, la “iluminación” del rey Jigme Khesar Namgyel Wangchuck para guiar a su pueblo hacia la felicidad, y la conservación y cuidado del medio ambiente. También, se ha argumentado que es el único país sin semáforos de todo el mundo, incluida su capital Thimphu, y que su contento se fortalece también con la prohibición de bolsas de plástico. Simples normas y leyes que promueven tradiciones arcaicas mantienen viva la cultura butanesa.

La decoración es un factor importante para que los butaneses sean felices, y por ello no sorprende la cantidad enorme de falos pintados en las paredas de las casas y colgando de varios tejados. Los butaneses creen que ahuyentan los demonios y los malos espíritus de las casas, y que su uso es fundamental para el logro de la felicidad, tal como planteaba Schopenhauer.

Como destino turístico, Bután es carísimo y exclusivo, ya que el acceso del turismo masivo acarrearía consecuencias devastadoras para la pequeña nación del Himalaya. De hecho, el gobierno procura restringir cada vez más la cantidad de turistas que recibe, a pesar de ser su principal fuente de ingresos, además de la venta de energía hidroeléctrica a la India. Para viajar se necesita un guía local y el costo mínimo es de 250 dólares por día. Internet ha llegado pero muy lento y con censura, según los dueños de las compañías occidentales que quieren invadir el feliz mercado butanés.

Otro punto a favor de este país inaudito del mundo contemporáneo es que conserva una sociedad matriarcal, en la que incluso las mujeres practican la poligamia y son las jefas de hogar, a la inversa de lo que ocurre en el mundo musulmán. Es el único páis del mundo, además de Niue, otro cónclave anómalo, declarado libre de humo, a partir de la prohibición de venta y consumo de tabaco. Sólo se les permite fumar a los turistas, advirtiéndoles que pueden ser castigados severamente si los hallan vendiéndole o regalando tabaco a algún butanés. Del mismo modo, está absolutamente prohibida la plantación de cannabis.

Las personas que llegan de todo el mundo se lamentan de no poder disfrutar de unas buenas flores al contemplar los maravillosos paisajes de bosques verdes y montañas exuberantes de cumbres plateadas por la nieve, que rodean las fortalezas y monasterios de siglos de historia dispersos por todo el territorio.

La mayoría de los butaneses chapucea un inglés de acento hindú y son extremadamente gentiles. Casi siempre se los ve sonrientes y miran sinceramente a la cara, palpándose en sus calles un ambiente de paz y tranquilidad. Es un gran alivio para el visitante la carencia de publicidad en la vía pública, ya que sólo está permitido colgar carteles relacionados con las actividades y el pensamiento del rey, adorando el pueblo butanés el merchandising relacionado con su líder. El fue el creador del índice FIB (Felicidad Interna Bruta) y algunos ciudadanos lo confunden con un dios budista, siendo su apodo “El Rey del Dragón”.

Más allá de esta veneración, si se recorren los pueblos y la infraestructura de Bután, pronto se descubre la maldita realidad de un país donde no todos son felices. Entre sus problemas más graves se destacan la pobreza, el desempleo juvenil y un crecimiento abismal de la deuda pública. El país casi no tiene alumbrado público, escasea la electricidad tanto como el alcantarillado y el agua potable. Además, no hay automóviles (los únicos son antiguos y pequeños, para autopistas que tienen menos de un kilómetro). Estas condiciones no parecen muy atractivas para el típico turista occidental. Ni que hablar cuando descubran que no podrán encontrar una bebida light en toda la nación, ni vino ni casas de cambio. En los hechos, el pueblo practica una economía artesanal, precaria y de subsistencia

Por otro lado, y lo que da una pauta de que es un mito la felicidad de Bután y su condición de país “aislado”, recrudecieron en los últimos años los conflictos con la etnia lhotshampa. El rey de Bután ha dispuesto su expulsión y deportación a Nepal, y en estos momentos unos 100.000 lhotshampeses viven en campamentos de refugiados en situaciones peores que las que padecen los refugiados sirios, yemeníes o iraquíes. Esto es Bután, el reino de la felicidad…

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