Mi mariposa

Tus adoradas dulces flores están muertas,

y el asaltante sol loco que tanto te ha atermorizado,

ha huido o está muerto también: sólo yo estoy a salvo

(¡aunque ello no te entritezca!),

sólo yo a salvo, no ha quedado nadie para lamentarse de ti en los campos.

El pasto gris no está moteado con nieve;

sus dos diques no se han cerrado sobre el río,

pero hace mucho tiempo, pareciera que desde siempre,

cuando te ví por primera vez,

con todas las otras deslumbrantes,

en juego aéreos, precipitándose al amor,

impulsadas, enredadas, remolineando y remolineando por encima,
como una lánguida corona de rosas en danza de hadas.
Cuando fue aquello, la suave niebla de mi pesar no colgó sobre toda la tierra,

y estaba contento por ti,

y contento por mi, anhelante.

Tú no sabías quién trastabillaba, paseando en lo alto,

el destino te ha hecho para el placer del viento,

con aquellas dos alas inadvertidas, ni tampoco yo sabía.

Y había otras cosas: parecía que Dios te hubiese dejado aletear desde su gentil broche:
luego temeroso te ha dejado vencer mucho más allá de él para reunirse,

arrebatándote sobre la ansiedad con descortés asimiento.

¡Ah! Recuerdo cómo una vez la conspiración era común en mi vida;

la languidez de ello y la afición al sueño;

surgiendo los pastos dieron vértigo a mi pensamiento,

la brisa trajo tres olores, ¡y una flor de gemas se agitaba en una varilla!

Luego, cuando estaba perturbado y no podía hablar, junto al camino,

rellenos mis cachetes, ¡qué podría lanzar aquel temerario céfiro

sino el toque salvaje de tu ala de polvo de tinte!
¡Hoy he econtrado rota aquel ala!
Porque te habrás muerto, dije, y los pájaros extraños dicen.

La encontré con las hojas marchitas bajo los aleros.

 

poema de Robert Frost, traducido por HM

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