Estado de la Estación de bomberos de Puerto Príncipe

por Vudu Chaild, nuestro corresponsal en Haití

Una cerda atraviesa en silencio el patio de la estación de bomberos de Puerto Príncipe, plantada en un rincón de tierra sucia y pantanosa del Bicentenario. En el borde de una valla metálica, en medio de lo que queda de la carcaza de dos camiones de bomberos, se aposenta en una pila de basura, una mezcla de plásticos, botellas y alimentos en descomposición que servirá para nutrir a su endiablada descendencia. Los gritos de sus lechones cortan el silencio de este garaje con apariencia de cementerio de camiones cisterna y vehículos de emergencia.

Sin embargo, los bomberos están presentes. “Somos unos treinta pero carececemos de herramientas de trabajo”, revela uno de ellos, firme en su puesto , pero no hay equipo de trabajo, dice uno de ellos, firmes en el puesto a pesar de los daños ocasionados por la indiferencia de las autoridades públicas. El único camión que más o menos anda no tiene capacidad para escalar las múltiples pendientes que plantea el relieve de Puerto Príncipe. No estuvo operativo el viernes pasado cuando, gritando entre las llamas, los vendedores de la calle Solomon tuvieron que afrontar una desagradable sorpresa. Tres días después de arder mil fuegos por su ausencia para circunscribir el incendio en el mercado Solomon, un barrio poblado por comerciantes que menudean para ganarse un plato de comida. Otro bombero no puede enmascarar sus sentimientos. Está tan avergonzado como enojado.

La falta de bomberos no es un accidente. ¿Qué se prevé para los bomberos en el presupuesto 2017-2018?, preguntó Gael Painson, ex jefe de bomberos y dueño de Painson SA. Actuamos como si los incendios fueran a ocurrir en la casa del vecino, no en Haití”, añade con humor negro, muestra de su profunda desazón. Los funcionarios, responsables de la toma de decisiones, no piensan ni actúan para mitigar el impacto de los incendios que acontecen en la capital. Lo peor, después del incendio de Hinche, un diputado impulsó un proyecto de ley sin pies ni cabeza que pone al cuerpo bomberos bajo la tutela del Ministerio de Defensa. Painson enfatizó que mientras los bomberos estén bajo la supervisión del Ministerio de Justicia, a través de la policía, el status quo desastroso perdurará. “Las misiones no son necesariamente las mismas y el bombero, que no tiene derecho a matar, debe salvar -o perecer en el intento- a una persona amenazada por las llamas”, argumentó.

Por otro lado, Painson aclaró que había aconsejado que los bomberos fueran colocados bajo la órbita del Ministerio del Interior y las Comunidades Territoriales, dado que deben reportarse s sus respectivos ayuntamientos. “Cuanto más cerca estemos de las poblaciones municipales, se podría asegurar las instalaciones y negocios con alto potencial inflamable e inspeccionarlos a cambio de regalías, de este modo los recursos podrían ser liberados”, sostiene Painson, escandalizado cada vez que escucha que los extranjeros pretenden construir cuarteles de bomberos en Haití. “Es nuestro trabajo, el trabajo del Estado” –asegura Painson, indignado porque los responsables de los poderes públicos se llenan sus bolsillos mientras los servicios esenciales de los que dependen las vidas y las propiedades de los haitianos están absolutamente desamparados. Económicamente, esta situación tiene un impacto significativo, ya que la protección de la riqueza creada se torna más arriesgada y costosa.

El costado económico de todo esto

«La prima (o cotización) que paga un asegurado para ser protegido financieramente en caso de un incendio en su casa depende de varios factores, entre los que destacan la frecuencia con la que ocurre un evento de incendio en el barrio y la gravedad del mismo. En Haití, el hecho de no tener un servicio apropiado de bomberos hace que un incendio sea siempre más grave, lo que a menudo causará mayores estragos, más allá de la intervención de los bomberos, que siempre puede empeorar las cosas, en vez de apagar los incendios. En un país sometido a severas calamidades naturales como terremotos y huracanes, además de la nociva presencia de ONGs y fuerzas militares y de rescatistas que sólo han contribuido a tornar el escenario más apocalíptico aún, los incendios han pasado a ser considerados una minucia. Las aseguradoras tienen que tener en cuenta esta situación en sus cálculos, y aplicar una tarifa apropiada.

Otros factores, como la quemna de inmundicias en cualquier lugar, el uso de velas o lámparas de gas en los hogares, el incumplimiento de normas de control para la instalación de sistemas eléctricos en los hogares por personas no calificadas, por no mencionar la falta de legislación que pudiera obligar a los establecimientos que reciben al público a utilizar sistemas de protección contra incendios, que también inciden en la probabilidad de un incendio y en su seriedad. Cuando el riesgo es muy grande, evidentemente, las aseguradoras reculan y dejan de emitir pólizas.

No hay más que ver la decrepitud y desolación de la Estación de Bomberos de Puerto Príncipe para comprender la profundidad del mal que se describe. No vale la pena recordar las peripecias del proyecto de donación de Canadá, por el cual se iba a construir un nuevo cuartel de lucha contra incendios. Las autoridades públicas, las compañías de seguros, los bancos y otros inversionistas son quienes más conocen el destino de la ciudad y sus habitantes cuando el fuego consume sus bienes y sus propias vidas. Incendio tras incendio, ¿cómo comprender una indiferencia tan antigua y tenaz ante el fuego y las catástrofes en general? Es Haití, donde los sueños ardientes de la humanidad se condensan en un caos de miseria y tribulación perpetuo.

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