Adios y mantente fría

Este decir adiós al borde de la oscuridad

y fría para una huerta tan joven en la corteza,

me recuerda a todo lo que puede suceder para dañar

una huerta al final de la granja todo los inviernos,

cortada por una colina desde la casa.

No la quiero ceñida por un conejo o ratón,

no la quiero mordisqueada por el soñoliento venado explorador,

y no la quiero empollada por el urogallo.

(Ciertamente no sería ocioso convocar

al urogallo, al conejo y al venado al muro

y advertirles con un palo como escopeta.)

No la quiero conmovida por el calor del sol.

(Contra esa posibilidad sería más seguro, creo,

colocarla afuera en una ladera orientada al norte.)
Nada hay peor para una huerta que una tormenta de invierno;

excepto una cosa de ello, que no debería calentarse.
“Cuán frecuentemente te han tenido que decir,

mantente fría, joven huerta. Adiós y mantente fría.

Es mejor tener cincuenta de más que de menos”.

Me tengo que ir por una temporada.

Mi negocio será por un momento con árboles diferentes,

menos cuidadosamente nutridos, menos fructíferos que estos,

y tanto como que será suficiente con su madera y un hacha,

arces, abedules y alerces.

Desearía poder prometer que dormiré aquí esta noche

y pensar en la situación arbórea de una huerta

cuando lentamente (y nadie vendrá con una luz),

su corazón se hundirá más bajo en la tierra.

Pero algo debe quedar para Dios.

poema de Robert Frost, traducido por HM

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