En la estrechez de casa

novela poemada de Robert Frost, versión de H.M.

Ella se paró frente al fregadero,

y miró sobre la pileta,

las malas hierbas a través de una ventana polvorienta,

a medida que el agua del fregadero crecía.

Ella usaba su capa, tenía el sombrero en la mano.

Detrás de ella había confusión en la habitación,

de sillas que se daban vueltas y de gente sentándose en otras sillas,

y algo, ven a ver, por cada habitación una casa tiene living, dormitorio

y comedor, cosas tiradas y desordenadas en la cocina.

Y aquí y allá una cara infernal, manchada, veía en una puerta detrás de ella
dirigida a su espalda. Ella siempre contestaba sin darse vuelta.
“Señorita, ¿dónde pondré esta oficina de nogal?”

“Ponla sobre algo que ya esté arriba de otra cosa” –rió.

“Oh, ponla donde puedas esta noche y vete.

Casi está oscuro, ya debes regresar a la ciudad”.
Otra cara blanqueada apareció mirando sonriente,

y cuando ella no se dio vuelta, habló gentilmente

“¿Qué está viendo a través de la ventana, señorita?”

“Nunca fui tratada así antes.

Me pregunto si la evidencia de haber sido llamada señorita

más que otras veces me hace una señorita en la ley común”.

“Pero pregunto, ¿qué está viendo por la ventana, señorita?”

“Lo que más he estado viendo en estos años por venir

mientras me paro aquí y lavo y seco los platos varias veces”.

“¿Y qué es eso? Sólo me confunde”.

“Yuyos que aman el agua del desagüe

más que lo que algunas mujeres aman el fregadore, Joe,
un pequeño trecho de campo de siega para ti,

no mucho de esto hasta que vaya a los bosques que lo terminan todo.

Y es casi suficiente para llamarlo una visión”.
“¿Y aún crees que te gusta, querida?”

“¡Eso es lo que vos tanto quieres saber,

esperas que me guste.
Justo hay algo grande allá lejos, arriba.

La sola marcha de los hombres tan grandes como aquellos

es frustrante para el marco de una casa pequeña como ésta.

Una vez que nos quedemos solos, tú y yo, querida,

iremos con pasos suaves arriba y abajo por las escaleras

y a través de las habitaciones,

y nada excepto vientos repentinos que nos los arrebatarán de nuestras manos

y golpearán por siempre las puertas”.

“Creo que ves más que lo que te gustaría tener por esa ventana”.

“No, porque además de las cosas que te dije, sólo veo los años.

Vienen y se van alternadamente con los yuyos, el campo, el bosque”.

“¿Qué clase de años?”
“Por qué, los últimos años, diferentes de los primeros años”.
“Los veo también. ¿No los contaste?”
“No, con los más lejanos corrimos juntos, así que ni pude intentarlo.

Es un número que deberíamos saber, porque ya no sómos jóvenes ahora”.
Y justo se escuchó otro ruido lejano.

Suena como si fueran los hombres bajando,
y cada choque significa uno menos que va a

retornar a las calles iluminadas de la ciudad que nosotros también conocimos,

pero ahora están rindiéndose por la oscuridad del campo”.

“Ven de esa ventana por donde estás viendo demasiado para mí,

y toma una vista más vívida de las cosas desde aquí.

Se están yendo. Mira este trineo hormigueando sobre la rueda

hacia el asiento que apunta alto al cielo,

iluminando su pipa ahora, bizqueando hacia su nariz,

a la llama encendida mientras la chupa”.

“Mira cómo hace brillar el costado de su nariz,

una prueba de lo oscuro que se está poniendo.

¿Puedes decir qué hora es a todo esto? ¡La nueva luna!
¿Por qué espalda la vi de nuevo? Ninguna.
Un cable de plata, tan nueva como nosotros para todo.

Su luz no nos durará tanto. Sin embargo,

es algo que tenemos que saber, la tendremos noche tras noche,

y más fuerte cada vez para ver a través de nosotros

nuestras primeras dos semanas.

Pero Joe, ¡la estufa antes de que se vayan!

Golpea la ventana, pide que te ayuden a ponerla en sus pies.

Estamos parados aquí soñando. ¡Apurate, diles que regresen!”

“No se han ido aún”.

“Tenemos que llevar la estufa, y todo lo que queramos.

Y una luz. ¿Tenemos un pedazo de vela

si la lámpara y el aceite están enterrados fuera de nuestro alcance?”
Nuevamente la casa se llenó de marchas, y de oscuridad,

hombres rellenando las puertas irrumpieron y agarraron la estufa.

Había un agujero como la boca de un cañón en la pared,

que podían dar por cierto por los ojos,

y entonces vino la conexión del caño de la estufa a sus manos,

tan liviana y aérea para su fuerza,

aún parecía venir como un balón,

deslizándose de torpes apretones hacia el techo.
“¡Un ajuste!” dijo uno, y explotó el revés de un caño.

“Es buena suerte cuando te mueves para comenzar

con buena suerte con la conexión de tu estufa.

No importa, no se está tan mal en el campo, establecido,

cuando la gente está entrando en la vida, te gustará”.

Joe dijo: “Ustedes que ya estan grandes, deberían encontrar una granja,

y hacerse buenos granjeros,

y dejar a otros compañeros que hagan el trabajo de la ciudad.

No hay suficiente para todos como se dice allí”.
“¡Dios!” dijo uno salvajemente, y cuando nadie habló:
“Dile eso a Jimmy aquí. El necesita una granja”.
Pero Jimmy sólo hizo replegar su quijada como un loco,

y giró sus ojos como si dijera que se veía como un granjero.

Luego había un muchacho francés que dijo con una seriedad que los hizo reír

“Mi amigo, no sabes lo que estás pidiendo”,
se quitó su capa y la sostuvo con ambas manos

a través de su pecho haciendo un saludo:
“Te estamos dando nuestras oportunidades en la granja”.

Y entonces todos giraron con sus botas ensordecedoras

y pusieron sus cuerpos afuera de la casa.

“¡Adiós a ellos! Los confundimos.

Ellos pensaron, no sé lo que piensan que vemos

en que nos hayan dejado:  aquel monte de pastura

que parece la espalda que nos presenta alguna granja,

y tus bosques hacia el norte desde tu ventana en el fregadero,

esperando por robarnos un paso cuando sea

dejamos caer nuestros ojos o volvemos a otras cosas,

como en el juego ‘diez pasos’ que juegan los niños”.

“Parecen buenos muchachos, y deja que amen la ciudad.

Todos podrían decir fue ‘Dios’ cuando propusiste

que salieran y se hicieran buenos granjeros”.

“¿Hicieron que algo solitario te atravesara?
Les hubiese costado más que enfermarte,

a nosotros de nuestro negocio.

Pero nos dejaron a nuestro destino,

como locos que pasan con los que uno razona.

Casi me estremecieron”.

“Es todo tan semejante a lo que siempre quisimos,

confieso que parecer malo por un momento

lo hace parecer peor aún, y así hacia abajo, abajo, abajo.

No es nada, es el habernos abandonado en la oscuridad.

Nunca lo tolero bien cuando la gente se va.

La primera noche después de que se han ido los invitados,

la casa parece expuesta o embrujada.

Siempre tengo un interés personal en cerrarla a la hora de la cama,

pero la extrañeza pronto se desvanece”.

El fue a buscar una linterna sucia detrás de la puerta.

“¡Aquí está la que no perdimos, y aquellos!”

El sacó del bolsillo algunos fósforos.

“Para la comida, las comidas que hagamos nadie nos las podrá quitar.

Deseo que todo en la tierra sea tan cierto como las comidas que tuvimos.

De cualquier modo, deseo las comidas que no tuvimos.

¿Cómo sabés dónde debes colocar tus manos?”

“El pan que compramos pasando la tienda.

Hay manteca en algún lugar también”.

“Cortemos el pan. Encenderé el fuego para que te haga compañía,

Hasta que Ed comience a salir un domingo

para echarnos una mirada y darnos su idea

de lo que quiere romper, podar, cubrir con guijos.

Sabrá lo que deberá hacer si fuera nosotros,

y todo a la vez. El planificará por nosotros,

y planificará para ayudarnos, pero se agotará en la planificación.

Bueno, puedes poner la mesa con el pan.

Veamos si encontraste tu pan. Encenderé el fuego.

Me gustan las sillas ocupando otras sillas,

no ofreciendo una señorita”.

“¡Ahí de nuevo, Joe, estás cansado!”

“Estoy ebrio, extravagante, agotado,

no hagas caso de una palabra de lo que digo.

Es un día de trabajo para vaciar la casa de todos sus bienes

y rellenar otra con ellos a quince millas de distancia,

aunque tú no hagas otra cosa que descargarlas”.
“Descargarlas en el paraíso en el que estamos felices”.
“Es todo tan parecido a lo que siempre quise,

no puedo creer que sea lo mismo que tú querías también”.

“¿No te gustaría saberlo?”

“Me gustaría si es lo que tú querías,

y cuánto lo querías por mí”.

“¡Una conciencia traumada!
No quieres que te lo diga si no lo sé”.

“No quiero descubrir lo que no puede ser sabido.
¿pero quién dijo la palabra que vendrá?”
Querido, es quién primero pensó el pensamiento.

Joe, estás buscando cosas que no existen, digo principios.

Fines y principios, no existen esas cosas.

Sólo hay medios”.

“¿Qué es esto, esta vida?”
¿Nosotros aquí, sentados junto a la linterna,

en medio de la destrucción de una casa antigua?
“No podrás negar que la linterna no es nueva.

La estufa no lo es, y tú no lo eres para mí, ni yo para tí”.

“¿Quizás nunca lo fuiste?”

“Me llevaría la eternidad recitar todo

lo que no era nuevo en donde nos encontramos.

Nuevo es una palabra para tontos en ciudades

que piensan que el estilo detrás del estilo

en el vestido y el pensamiento al final conducem a algún lugar.

Te escuché decir algo así. No, éste no es el principio”.

“¿Entonces un final?”

“Final es una palabra triste.

¿Es demasiado tarde para arrastrarte afuera

sólo por una buena llamada nocturna en los viejos durazneros

en el zigzagueo por la loma bajo la luz de las estrellas

en el pasto por un último durazno que los vecinos

no han recogido como su derecho

cuando la casa estaba deshabitada?

He estado mirando: dudo que nos hayan dejado varias uvas.

Cuando nos preparemos para dejar la casa,

lo primero que haremos a la mañana,

apenas salgamos es rondar por manzanas, cerezas, duraznos,

pinos, pastura, alisos, siega, bueno, y el arroyo.

Todo lo que es una granja”.

“Conozco esto demasiado: te pondré en la cama,

si primero logro que la construyas. Ven, la luz”.

Cuando no hubo más llama en la cocina,

el fuego se fue por las rendijas de la estufa

y danzó en amarillos serpenteos sobre el techo,

tan en casa como si siempre hubieran danzado allí.

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