La bruja de Coos

Me quedé una noche buscando refugio, en una granja

detrás de las montañas, con una madre e hijo,

los dos viejos creyentes. Ellos hacían toda la conversación.
Madre: La gente piensa que una bruja que tiene espíritus familiares

podría llamar para pasar una tarde de invierno,

pero no lo hará, debería ser quemada en la hoguera o algo.

Convocar a los espíritus no es “el botón,

el botón, quién tiene el botón”,

tenía que hacerles saber.
Hijo: Madre puede dar vuelta una mesa común

y patea con las dos piernas como una mula armada.
Madre: Y cuando lo haya hecho, ¿qué bien habré realizado?,

más que inclinar una mesa para ti,

dejame decirte que Ralle el Sioux del Control me dijo una vez.

El dijo que los muertos tenían almas, pero cuando le pregunté

cómo podía ser eso, pensé que los muertos eran almas,

rompió mi trance. ¿No te hace sospechar eso que hay algo

que los muertos ocultan y traen de nuevo?
Sí, hay algo que los muertos ocultan.

Hijo: ¿No querrías decirle que arriba tenemos un altillo, madre?
Madre: Huesos, un esqueleto.

Hijo: Pero la cabecera de la cama de madre está colocada contra la puerta del altillo:

la puerta está clavada. No hace daño.

Madre la escucha en la noche,

deteniéndose perpleja detrás de la barrera

que forman la puerta y la cabecera.

Donde lo que querrá es volver al sótano de donde vino.

Madre: ¡Nunca los dejaremos, nosotros, hijo, jamás!
Hijo: Dejó su sótano hace cuarenta años

y se arrastró como una pila de platos,

inició un vuelo de la celda a la cocina,
otro desde la cocina al dormitorio,
otro del dormitorio al altillo,

pasó a padre y madre y no se detuvo ante ninguno de los dos.

Padre se había ido arriba, madre estaba abajo.
Yo era un niño: no sabía donde estaba.

Madre: La única falla que me encontró mi esposo

era que me iba a dormir antes de ir a la cama,

especialmente en invierno cuando la cama

bien podría ser hielo y la ropa nieve.

La noche en que los huesos subieron por la escalera del sótano

Toffile se fue a la cama solo y me dejó,
pero dejó una puerta abierta para airear la habitación
así me sorteaba y me mantenía afuera.

Yo estaba lo suficiente atenta para preguntarme de dónde venía el frío,

cuando escuché a Toffile arriba en la habitación,

y pensé que lo había escuchado en el sótano.
El estante que habíamos dejado abajo para mantener secos los zapatos,

cuando había agua en el sótano en primavera,

golpeó el fondo duro del sótano.

Y luego alguien comenzó a subir las escaleras,

dos escalones por cada paso,
del modo de un hombre con una pierna y una muleta,
o un niño, subía.

No era Toffile: no podía ser nadie que estuviera allí.

Las puertas dobles de la mampara estaban cerradas,

levemente hinchadas y enterradas bajo la nieve.
Las ventanas del sótano estaban abarrotadas de aserrín

y levemente hinchadas y enterradas bajo la nieve.
Eran los huesos. Los conocía, y por una buena razón.
Mi primer impulso fue alcanzar el picaporte y sostener la puerta.

Pero los huesos no intentaron la puerta;

se detuvieron indefensos en el rellano
esperando que las cosas sucedieran a su favor.
El más leve crujido los inquietaba y estremecía a su alrededor.
Nunca hubiese podido hacer lo que hice

si el deseo no hubiese estado muy fuerte en mí,

para ver cómo estaban armándose para este paseo.

Tuve una visión de ellos ensamblados,
no como un hombre sino como un candelabro.
Así que repentinamente abrí la puerta en toda su anchura sobre él.

Por un momento permaneció balanceándose emocionado,

y todo para perderse a sí mismo.

(Una lengua de fuego titiló afuera y lamió sus dientes superiores.

El humo comenzó a aflorar por los zócalos de sus ojos.)
Entonces vino hacia mí con una mano extendida,

del modo en que lo hizo una vez en su vida;

pero esta vez  yo golpeé su mano frágil en el suelo,

y caí junto a él.

Los pedazos de sus dedos comenzaron a deslizarse en todas direcciones.
(¿Dónde es que he visto últimamente piezas como ésta?

Alcánzame mi costurero, debe estar allí.)
Me senté en el piso y grité “Toffile, sube por ti”.
Tenía su oportunidad de la puerta al sótano o al hall.
Tomó la puerta del hall por su novedad,

y partió rápidamente para ser una cosa tan lenta,
sin embargo, todavía yendo por cualquier lado en las encrucijadas,
así que se veía como un rayo o un garabato.

desde el golpe recién ahora le daba la mano,

escuché hasta que subió casi toda la escalera
desde el hall a la única habitación terminada,
antes de que subiera a hacer cualquier cosa;

entonces corrí y grité “¡Cierra la puerta de la habitación, Toffile, por mi bien!”

“¿Compañía?” –dijo él, “no hagas que me levante, estoy bien abrigado en la cama”.

Yaciendo débilmente sobre  el pretil me esforcé para subir,

y en la luz (la cocina estaba a oscuras) me dí cuenta de que no podía ver nada.

“Toffile, no lo veo. Está con nosotros en la habitación. Son los huesos”.

“¿Qué huesos?” “Los huesos del sótano, fuera de la tumba”.
Eso lo hizo sacar sus piernas peladas de la cama

y sentarse a mi lado y abrazarme.
Quería apagar la luz y ver si podía divisarlo,
o cortar la habitación con nuestros brazos al nivel de las rodillas,
y llevar abajo la pila de tiza.

“Les diré que está buscando otra puerta por donde intentar.

La inusual nieve profunda lo ha hecho pensar en su vieja canción,

El salvaje chico colonial, solía cantarla durante todo el camino.

Está buscando una puerta para salir.

Atrapémoslo con la puerta abierta en el altillo”.
Toffile estuvo de acuerdo con eso, y lo suficiente seguro,

incluso en el momento en que daba una abertura,

los pasos comenzaron a trepar la escalera del altillo.
Los escuché, Toffile parecía que no los escuchaba.

“¡Rápido!” Me arrojé a la puerta y sostuve el picaporte.

“Toffile, consigue clavos”. Hice que clavara la puerta cerrada,

y corrí la cabecera de la cama contra ella.
Luego nos preguntamos si había algo en el altillo que quisiéramos recuperar alguna vez.

Al altillo lo visitábamos menos que el sótano.

Si los huesos gustan del altillo, que lo tengan.

Dejemos que se quede en el altillo.
Cuando a veces bajan por las escaleras en la noche y se quedan perplejos

detrás de la puerta y de la cabecera de la cama,
peinando su esqueleto de tiza con dedos gredosos,

con sonidos como el chirrido seco de un interruptor,
Eso es por lo cual me senté en la oscuridad

para contárselo a nadie desde que Toffile murió.
A dos o tres dejamos permanecer en el altillo desde que se fueron.

Prometí a Toffile ser cruel con ellos

por haberlos ayudado una vez a ser cruel con él.

Hijo: Creemos que tienen una tumba abajo en el sótano.

Madre: Sabemos que tenían una tumba abajo en el sótano.

Hijo: Nunca más pudimos encontrar aquellos huesos donde estaban.

Madre: Sí, podríamos también, hijo.

Dí la verdad por una vez.

Eran de un hombre cuyo padre fue muerto por mí.

Digo un hombre que mató en mi lugar.
Lo menos que podría hacer es ayudar a cavar su tumba.
Nos haremos cargo una noche en el sótano.

Hijo sabe la historia: pero no era para él decir la verdad,
suponiendo que el tiempo ha llegado.

Hijo parece sorprendido de verme terminar una mentira,
que mantuvimos todos estos años entre nosotros,

y así tenerla preparada para los extraños.
Pero esta noche ya no quiero mentir más,

ni recuerdo por qué alguna vez me importó hacerlo.
Toffile, si estuviera aquí,

no creo que tampoco pueda decirte por qué le importaba a él,
Ella no encontró la falange que quería

entre los botones desparramados en su falda.
Verifiqué el nombre a la mañana siguiente: Toffile.
El buzón rural decía Toffile Lajway.

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